25 de junio de 2026 18:34
  • Christian Lucero, abogado especializado en medio ambiente, salud y conflictos territoriales

Durante años, quienes hemos defendido Tunquén hemos debido responder una pregunta recurrente: ¿por qué tanto esfuerzo por proteger un lugar que, como todo en la naturaleza, está en permanente cambio?

La pregunta parece razonable. Después de todo, las dunas cambian de forma, las lagunas crecen y disminuyen, las aves migran, las estaciones transforman el paisaje y ninguna fotografía del humedal es idéntica a la del año anterior. La naturaleza, como la vida misma, es cambio.

Sin embargo, esa observación conduce precisamente a la respuesta.

Lo que defendemos no es una imagen congelada de Tunquén. No defendemos una postal. Defendemos la continuidad de un proceso ecológico único que lleva siglos, probablemente milenios, desarrollándose en equilibrio con las mareas, los vientos, las lluvias, las dunas, las quebradas y las especies que encuentran allí refugio y alimento.

La filosofía y la ciencia han reflexionado durante siglos sobre una pregunta fascinante: si todo cambia, ¿qué permanece? La física moderna ha descubierto que, aunque los componentes de la realidad se transforman constantemente, existen patrones y regularidades profundas que persisten en el tiempo. Las estrellas nacen y mueren, los organismos envejecen y las costas se modifican, pero ciertas estructuras logran mantenerse precisamente porque conservan las condiciones que permiten su continuidad.

Eso es un ecosistema.

Un ecosistema no es una colección de elementos aislados. Es una trama de relaciones. Es un proceso vivo. Su valor no radica en cada uno de sus componentes por separado, sino en la extraordinaria red de interacciones que los conecta.

Por eso existe una diferencia fundamental entre el cambio natural y la destrucción. El primero forma parte de la vida del sistema. La segunda rompe las condiciones que hacen posible que ese sistema continúe existiendo.

Cuando se altera irreversiblemente un humedal, una duna o un corredor biológico, no estamos observando simplemente un cambio más dentro de la naturaleza. Estamos interrumpiendo un proceso que tomó siglos en desarrollarse y cuya recuperación puede resultar imposible.

Defender Tunquén no significa oponerse al cambio. Significa comprender que existen ciertos procesos ecológicos cuya continuidad constituye un patrimonio irremplazable para las generaciones presentes y futuras.

Quizás esa sea la verdadera lección que nos entrega la naturaleza: en un universo donde todo se transforma, la tarea más noble no consiste en congelar la realidad, sino en proteger aquellas condiciones que permiten que la vida siga ocurriendo.

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