1 de noviembre de 2026 12:00
  • Francisco Bartolucci Johnston, abogado

En 1792, el rey de Suecia, Gustavo III, fue asesinado en Estocolmo como resultado de una conspiración política en su contra. Recibió un tiro mientras estaba en un baile de máscaras. Este episodio dio lugar a la ópera “Gustave III” de Daniel-François Auber basada en el libreto de Eugène Scribe, obra que a su vez–con varias adaptaciones a las circunstancias políticas de la época y nuevo libreto de Antonio Somma-Giuseppe Verdi estrenaría el 17 de febrero de 1859, en el Teatro Apollo de Roma con gran éxito y un nuevo título: “Un Baile de Máscaras”. La trama, sin embargo, se mantiene: escondiendo su rostro bajo la máscara, en el baile, el conde Renato asesina a un nuevo protagonista, el duque de Pomerania.

La cuestión no es nueva, tantas veces en la historia se ha “lanzado la piedra y se ha escondido la cara”; se han cometido abominables crímenes que se esconden bajo una máscara, un cargo, un cómplice, un testaferro, …o qué se yo.

Estas reflexiones y la presente columna nacen en mí, señor lector, al contemplar el degradante “baile” que ofrece hoy cierta parte de nuestra dirigencia política–que en algunos alcanza el nivel del desenfreno-con esto de acusar constitucionalmente a un ministro de estado por “no infringir la constitución, ni dejar sin ejecución las leyes”, que es el requisito (a la inversa) que exige nuestra Carta Fundamental para fundar tal acusación.

Pero a ellos la constitución no les importa, sí sus propios intereses partidistas e ideológicos.

Pero hay más, los acusadores “bailan con máscara”. En efecto, tantos de ellos votaron, en su momento, a favor la ley que permite hoy obtener el beneficio de la libertad a reos condenados por delitos sexuales contra menores, Fueron ellos quienes dejaron la “puerta abierta” para que estos delincuentes pudieran obtener su libertad. Hoy esconden la cara bajo la máscara de sus cargos, no asumen su responsabilidad e inician el “baile” de la acusación constitucional para trasladar la suya propia a una autoridad del estado. Y bailan felices…con desenfreno, vulgaridad, con un lenguaje soez, sin ningún respeto por nuestra juridicidad, en fin, con una actitud que raya en la obscenidad.

Pero aún hay más. Esto es, la responsabilidad que en esta materia le cabe a la judicatura que después del año 2022 dictó numerosas sentencias a favor de reos condenados por estos graves crímenes, obligando al gobierno–bajo la sombra de cometer desacato-a dictar los correspondientes decretos que les otorgaron la libertad. Me pregunto, ¿acusarán constitucionalmente los “bailarines”, bien cubiertos por sus máscaras parlamentarias, a los ministros de Corte que dictaron las sentencias que ayer favorecieron, otorgando la libertad, a abusadores de menores?

Baila Chile, baila que los “bailarines” ya tienen sus rostros cubiertos con la máscara del poder, de la arrogancia, de la impunidad y en tantos casos, con la del descaro.

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