21 de mayo de 2026 00:15
  • De esta forma cerró un ciclo en su vida con la esperanza de que este Sitio de Memoria sea restaurado y no quede en el olvido

Después de 53 años, donde sufrió los rigores de la dictadura de Pinochet, volvió al Campo de Prisioneros Políticos de Chacabuco en la región de Antofagasta, el profesor Alfonso Godoy Quezada, reviviendo fuertes y dolorosas emociones, cumpliendo con un compromiso que el mismo se había fijado de cerrar un círculo, aunque fuera doloroso, retornando a este sitio de torturas.

En esta misión que venía planificando desde hace un par de años se materializó gracias a la comprensión, amistad y cariño de su colega Gastón Hidalgo Olate, quién desde el momento que Godoy le expresó su deseo de realizar esta visita, hace un par de meses, lo materializó esta semana.

Hay que precisar que Godoy fue detenido por la Policía de Investigaciones, el 10 de octubre de 1973, mientras trabajaba en la KPD de El Belloto y trasladado a las propias dependencias de esa unidad en Quilpúé. Más tarde, fue derivado a la Base Aeronaval de El Belloto y luego de dos noches y tres días fue destinado a la Academia de Guerra Naval en Playa Ancha. Finalmente quedó en calidad de prisionero político en el mercante Lebu que estaba atracado en el puerto de Valparaíso.

Allí permaneció alrededor de dos meses junto a cientos de prisioneros que estaban distribuidos en las deplorables e inhumanas condiciones que ofrecían las bodegas de la nave comercial, hasta que un total de 68 de ellos, fueron seleccionados y embarcados, sin ninguna explicación en la barcaza de la Armada, Policarpo Toro.

La travesía transcurrió en medio de la incertidumbre y resignación, ya que nadie de los prisioneros conocía su destino.

EN ANTOFAGASTA

Una vez que la unidad naval recaló en el puerto de Antofagasta, los prisioneros fueron desembarcados a tierra, viendo la luz del día después de varias horas de sobrevivencia en las penumbras y el completo misterio.

Uno a uno los detenidos bajaron de inmediato y subieron rápidamente a los buses militares, para continuar viaje a lo desconocido ya que nadie debía enterarse de la operación. .

El largo peregrinar solo ofrecía como panorama, un paisaje desértico y caluroso que finalizó en el campo de prisioneros de Chacabuco, donde los esperaban contingentes militares que los distribuyeron en los inmensos pabellones, donde ya se encontraban otros detenidos.

RETORNO

Godoy volvió este mes a esta tétrica prisión de una gran extensión, enclavada en pleno desierto, sin atisbo de población alguna ni menos vegetación, presentando un severo estado de desolación y destrucción.

Los muros están derrumbados, los techos caídos, las paredes que quedan están estriadas, los pisos están cubiertos de restos de adobes, las puertas y ventanas desaparecieron. Los catres oxidados que sirvieron de tortura, son parte del improvisado museo que hoy está a la entrada de este recinto que también está en condiciones precarias y en mal estado. La desolación es tremenda y dolorosa para quien vivió y sufrió esta inhumana detención.

A Godoy, desde  que se bajó del auto que guiaba Hidalgo se le doblaron las piernas de emoción. Caminó pegado a los muros exteriores, miró al cielo, alzó los brazos por haber llegado a este siniestro escenario y dejó caer unas lágrimas. Una vez en el interior, recordó a cada uno de los integrantes de su familia y llamo a su amigo Adolfo Tannenbaum, desde su celular para recordarle esta hazaña de haber vuelto al lugar donde compartieron alegrías, penas, dolores y en la medida de lo posible, un futuro con esperanza.

Agitado, sudoroso, empolvado, con las mangas arremangadas y soportando el sol tórrido que azotaba en su cabeza, Godoy buscó la  celda identificada con un número que ocupó, pero los muros deteriorados no ofrecían lectura alguna. Era imposible localizar el lugar.

Se había perdido toda identificación y al interior de cada pieza solo existían leyendas de visitantes que llegaron después de que se declarara este lugar como un Sitio de Memoria.

El profesor Godoy comprobó que no existen rastros de que allí hubo una cárcel de seres humanos. Solo  hay tierra, restos de maderas, latas oxidadas, mucho polvo en medio de un fuerte calor y viento embravecido. Los ruidos responden a quejidos de maderas que se enfrentan al ardiente sol.

El maestro Godoy corría de un lugar a otro, se devolvía en busca de una identificación o de una señal, pero no había nada. Solo paredes agrietadas, algunas sostenidas por maderos apolillados y carentes de vigor. Corrió, trotó, se tomó la cabeza y soltó la rabia de estar esperando tantos años para volver a este deplorable campo de prisioneros que está completamente en el suelo.

Godoy se sentó en las ruinas de los comedores al aire libre, donde no supo de la carne, pero se alegraba de jugar a la pelota, a las cartas y dominó, cuyas piezas las diseñaban los propios compañeros, como él los definió. Fue ingenioso para organizar encuentros de música, teatro y competencias deportivas. Se dio el tiempo para que uno de los detenidos aprendiera a leer y levantarles el ánimo a los deprimidos. Recordó que la primera vez que se duchó en la mañana quedó tiritando todo el día, porque el agua estaba congelada.

Desde allí se siente en la lejanía el paso de los camiones y buses que corren a gran velocidad por la carretera, y en aquel tiempo, los internos estaban esperanzados en que alguien los fuera a visitar. Pero solo llegaban cartas de vez en cuando con contenidos que hacían llorar de rabia a quienes las leían, mientras que otros eran olvidados y solo se limitaban a observar como sus compañeros gozaban al saber de los suyos. Era otra tragedia, sobre todo para quienes ni siquiera sabían si sus parientes conocían este paradero de la muerte.

Allí Godoy estuvo alrededor de tres meses hasta que integró un grupo pequeño de prisioneros que fue trasladado hasta la Base Aérea de El Belloto y de ahí conducido al Cuartel Silva Palma de Valparaíso, siendo sometido por la Fiscalía Naval a una severa investigación en busca, de si poseía armas, tenencia de explosivos y dar nombres de compañeros de trabajo que estuvieran involucrados en atentados, asaltos u otros actos ilícitos que solo estaban en la imaginación de los persecutores.

En vista de que solo era un hombre de trabajo que llegaba puntualmente a sus funciones en la planta KPD de El Belloto, fue liberado el 13 de noviembre de 1974, pero con la obligación de firmar periódicamente en la Fiscalía.

El destino le depara a Godoy, la posibilidad de que la justicia falle pronto a su favor por esta ilegal detención, abuso y atropello a los derechos humanos, que sean sancionados los torturadores que están identificados y reciba la correspondiente indemnización.

Lo único que lamenta Godoy es que ningún gobierno democrático se haya preocupado hasta ahora de restaurar, remodelar y devolverle a este campo de prisioneros, un escenario que preserve lo que allí ocurrió, para que no quede en el olvido de los chilenos. Pero hasta ahora, lo único nuevo que existe, son dos salas de servicios higiénicos disponibles para los visitantes, que por su modernidad y colorido contrastan con el resto del escenario a cielo abierto, que es impresentable para quienes desean que sea un testimonio histórico de los abusos cometidos en dictadura.

Allí hoy solo vive don Iván Peña, protector de este territorio, quien está acompañado de tres mascotas, varias aves y un par de conejos, teniendo a la vista herramientas y maquinarias que formaron parte de la salitrera que operó en el entorno. La entrada tiene un valor de 2.500 pesos.

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