- Christian Lucero, abogado
La rápida salida de dos ministras al inicio del gobierno de José Antonio Kast deja varias lecturas políticas posibles. Habrá quienes hablen de errores estratégicos, de falta de experiencia o de problemas internos. Pero existe un elemento que muchas veces se subestima y que, sin embargo, terminó siendo decisivo: la comunicación.
Y no hablamos simplemente de “hablar bonito” o de tener buena dicción. Lo ocurrido vuelve a poner sobre la mesa algo mucho más profundo: la importancia del lenguaje, del castellano, de la capacidad de conectar emocional e intelectualmente con las personas. Porque gobernar no consiste únicamente en administrar cifras, diseñar políticas públicas o dominar aspectos técnicos. Gobernar también es transmitir confianza, prudencia, humanidad y sentido de realidad a través de las palabras.
En los últimos años se instaló con mucha fuerza la idea de que las asignaturas humanistas eran secundarias frente a las matemáticas, la productividad o las competencias técnicas. Parecía que el lenguaje, la filosofía, la historia o la comprensión lectora eran poco menos que accesorios culturales. Sin embargo, la realidad vuelve a demostrar que un país no puede sostenerse solamente desde los números.
Una autoridad pública puede tener títulos, conocimientos técnicos o incluso buenas intenciones, pero si no sabe comunicar, si no comprende el peso simbólico de una frase, si transmite frivolidad frente a temas delicados, o si da la impresión de desconexión emocional, pierde rápidamente legitimidad. Y eso fue precisamente lo que muchos ciudadanos percibieron.
La forma de hablar importa. El tono importa. El momento en que se ríe una autoridad importa. Las palabras elegidas importan. La empatía importa. Y también importa la capacidad de entender que detrás de cada declaración pública existen personas escuchando, interpretando y evaluando no solo lo que se dice, sino cómo se dice.
No es casualidad que grandes líderes políticos de la historia hayan destacado tanto por su capacidad de comunicación. Algunos ni siquiera fueron los más brillantes técnicamente, pero entendían algo esencial: la política también es lenguaje. Es construcción de sentido. Es cercanía. Es transmitir calma en momentos difíciles y prudencia cuando corresponde.
Quizás esta situación sirva para abrir nuevamente el debate sobre el valor de la educación humanista y el rol central del castellano en la formación de quienes aspiran a conducir instituciones relevantes. Porque no basta con saber administrar. También hay que saber escuchar, comprender y hablarle adecuadamente a un país entero.
Hoy vemos con claridad algo que durante mucho tiempo se quiso relativizar: las palabras pueden construir liderazgos, pero también pueden derribarlos en cuestión de días.