- Christian Lucero, abogado
Vivimos apurados.
Apurados para responder, para decidir, para avanzar, incluso para opinar.
La velocidad se ha transformado en un valor en sí mismo, y la pausa —esa antigua virtud— parece hoy un defecto.
En ese contexto, el ajedrez no ha quedado al margen.
También ha sido arrastrado por esta lógica del vértigo: partidas relámpago, decisiones en segundos, movimientos casi reflejos.
Se juega más rápido… pero no necesariamente mejor.
Sin embargo, existe otro ajedrez.
Uno que no compite con el tiempo, sino que convive con él.
Un ajedrez sin apremio, sin reloj, donde cada jugada puede ser pensada, revisada, incluso conversada.
Ese ajedrez —más cercano a la tradición del siglo XIX— no es una reliquia romántica.
Es, hoy más que nunca, una forma de resistencia.
En el ajedrez lento, la jugada no nace del impulso, sino de la comprensión.
No se trata de reaccionar, sino de pensar.
Ahí, el jugador se permite dudar.
Volver sobre una idea.
Equivocarse en su mente antes de cometer el error en el tablero.
Ese espacio de reflexión no solo mejora la calidad del juego.
Transforma la experiencia.
El ajedrez deja de ser una competencia contra el reloj y vuelve a ser lo que siempre debió ser: un diálogo, una construcción, una forma de pensar.
No es casualidad que, en paralelo, la vida moderna nos empuje hacia lo contrario.
Decidimos rápido, hablamos rápido, vivimos rápido.
Y muchas veces, las consecuencias de ese apuro son evidentes.
Una mala decisión en ajedrez puede costar la partida.
En la vida, puede costar mucho más.
Cruzar sin mirar.
Responder sin escuchar.
Actuar sin evaluar.
El problema no es la falta de conocimiento.
Es la ausencia de pausa.
Por eso, recuperar el ajedrez sin prisa no es solo una preferencia estética.
Es una declaración.
Es afirmar que pensar requiere tiempo.
Que no todo debe resolverse de inmediato.
Que hay valor en detenerse antes de actuar.
En un mundo que premia la rapidez, detenerse es casi un acto subversivo.
Desde Ajedrez sin Barreras, esta idea cobra aún más sentido.
Porque cuando el juego se enseña a personas ciegas o con baja visión, el tablero no se ve: se construye en la mente.
Y eso exige algo que el mundo moderno parece olvidar: atención, orden, paciencia.
Ahí no hay espacio para el impulso vacío.
Cada jugada requiere ser comprendida antes de ser ejecutada.
Y en ese proceso, el ajedrez recupera su esencia más profunda: no como espectáculo, sino como ejercicio del pensamiento.
Tal vez por eso, el ajedrez sin apuro resulta tan placentero.
Porque no se trata solo de ganar.
Se trata de entender.
De descubrir una idea.
De sostener una conversación silenciosa con el otro.
De habitar el tiempo, en lugar de perseguirlo.
En definitiva, el ajedrez nos recuerda algo simple y urgente: que antes de actuar, podemos pensar.
Y que en ese pequeño espacio entre una cosa y otra, no solo mejora la jugada…sino también la vida.