9 de mayo de 2026 11:32
  • Sergio Velasco de la Cerda, ex diputado

Rodolfo Seguel Molina es un ícono del movimiento del cobre y un luchador incansable en la defensa de los trabajadores y trabajadoras. Su figura trasciende la historia sindical chilena, instalándose como un referente moral en la lucha por los derechos humanos.

Implacable en sus declaraciones públicas frente a los abusos cometidos contra la población, especialmente los más vulnerables, Seguel alzó su voz en tiempos donde hacerlo implicaba persecución, cárcel o muerte.

A temprana edad fue elegido presidente del sindicato de Caletones y, posteriormente, alcanzó la máxima responsabilidad en la Confederación de Trabajadores del Cobre, la organización laboral más poderosa del país en plena dictadura de Augusto Pinochet.

Con rapidez organizativa y claridad política, conformó el Comando Nacional del Cobre, desde donde impulsó una estrategia definida:

“Queremos una lucha pacífica por el retorno a la democracia, con las manos limpias y el rostro descubierto”.

Su juventud, convicción y valentía fueron su principal capital político. Desde ahí lideró una demanda que no era solo sindical, sino profundamente humana: libertad, dignidad y respeto para todos y todas.

El 11 de mayo de 1983 convocó a la primera protesta nacional contra la dictadura, marcando un punto de inflexión. Desde ese momento, la ciudadanía comenzó a vislumbrar una salida al régimen.

Fue encarcelado en múltiples ocasiones por encabezar el movimiento sindical. Su liderazgo se consolidó incluso antes de que los partidos políticos lograran articular una oposición unificada.

El cardenal Raúl Silva Henríquez lo reconoció como un auténtico representante de los trabajadores, brindándole apoyo y protección frente a la persecución de los organismos represivos.

Tuvo además la oportunidad de reunirse con Juan Pablo II, tanto en El Vaticano como durante su visita a Chile, instancia en la que expuso directamente las violaciones a los derechos humanos cometidas por el régimen.

En el plano internacional, fue comparado con Lech Wałęsa, Premio Nobel de la Paz, siendo el único latinoamericano invitado a la ceremonia de entrega de dicho reconocimiento.

Tras el retorno a la democracia —proceso en el que desempeñó un rol clave desde las organizaciones sociales— dio el paso a la política institucional. Fue diputado durante cuatro períodos, integrando comisiones relevantes, especialmente la de Trabajo y Seguridad Social, sin abandonar nunca su vínculo con el mundo sindical.

Participó también en la Comisión Especial de los “Pinocheques”, denunciando prácticas de corrupción que comprometían la fe pública y debilitaban las bases de la naciente democracia.

Patricio Alywin, reaccionó con estupor ante mi denuncia, sobre US $ 3 millones que le  cancelaron al hijo, Augustito, por una supuesta compra de armas. La pacifica transición se ponía en peligro, por reiteradas amenazas de un nuevo golpe de estado del Comandante en Jefe, del Ejército, felizmente ninguna se concretó.

Los dictadores se van del poder manchando el honor de la institución a la que pertenece, dejando una estela de sangre inocente y robos a destajo.

La trayectoria de Seguel ha estado marcada por una consecuencia inalterable: la defensa de los perseguidos, de los desaparecidos y de sus compañeros sindicalistas, sin distinciones.

Hoy, enfrentando un cáncer al hígado, mantiene intacta su convicción: no habrá paz social mientras la política continúe menospreciando a los dirigentes sociales y sindicales.

Advierte, además, sobre la corrupción presente en los tres poderes del estado, señalando que esta abre espacio al populismo y a los extremos, empujando al país hacia un deterioro institucional profundo.

Rodolfo Seguel debe ser reconocido como uno de los hombres que iluminó los momentos más oscuros de Chile. Un humanista auténtico, surgido desde la lucha social, cuando el país más lo necesitaba.

Quienes lo hemos postulado al Premio Nacional de Derechos Humanos sabemos que su trayectoria no solo lo justifica: lo exige.

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