4 de noviembre de 2026 13:12
  • Josefina Henríquez Canales, Directora de la Escuela de Psicología UCM, Sede Curicó.

Perder el trabajo no significa solamente dejar de recibir un sueldo. Para muchas personas implica también perder una rutina, estabilidad, proyectos, relaciones sociales y una parte importante de la seguridad con la que se construye la vida cotidiana. Por eso, cuando las cifras de desempleo aumentan, no estamos únicamente frente a un problema económico: estamos también frente a un desafío de salud mental que merece ser abordado como sociedad.

La realidad que atraviesa actualmente nuestro país obliga a poner atención en esta dimensión.

Según las últimas cifras del Instituto Nacional de Estadísticas (INE), la tasa de desocupación llegó a 9,8% durante el trimestre julio-septiembre de 2026, aumentando 1,3 puntos porcentuales en doce meses. Las personas ocupadas disminuyeron un 1,1% y el número de desocupados aumentó un 15,3%. Hoy, más de un millón de personas están desempleadas en Chile.

Detrás de ese millón de personas existen familias, compromisos financieros, hijos, expectativas y proyectos que comienzan a ponerse en duda. Esa incertidumbre sostenida puede transformarse en preocupación permanente: ¿cómo pagar las cuentas?, ¿cuánto demorará encontrar un nuevo empleo?, ¿qué ocurrirá si los ahorros se terminan?, ¿por qué no me llaman después de enviar tantos currículums?

La evidencia muestra que estas preocupaciones pueden tener consecuencias concretas. El 12° Termómetro de la Salud Mental en Chile, encuesta elaborada por Achs y la Pontificia Universidad Católica, mostró durante 2026 un deterioro especialmente preocupante al observar la situación laboral: entre las personas desempleadas, los síntomas depresivos moderados o severos alcanzaron un 36,7%, frente a un 14,1% entre quienes tenían empleo.

Es importante hacer la distinción de que esto no significa que toda persona cesante desarrollará depresión o un trastorno de ansiedad. Sentir preocupación, pena, frustración, miedo o incertidumbre después de perder un empleo o no poder encontrar uno, constituye una reacción comprensible ante una situación como esta. Debemos preocuparnos cuando ese malestar se hace intenso y persistente, cuando comenzamos a aislarnos, dejamos de disfrutar actividades que anteriormente nos interesaban, aumenta o disminuye nuestro apetito, aparecen alteraciones importantes del sueño, sentimientos permanentes de desesperanza o cuando se deterioran significativamente nuestras relaciones y funcionamiento cotidiano.

Por ello, frente a la cesantía es importante adoptar algunas estrategias de protección.

La primera es mantener una estructura cotidiana. Cuando desaparece la obligación de levantarse para ir al trabajo, es fácil alterar progresivamente los horarios de sueño, alimentación y actividad.

Mantener una hora para levantarse, realizar actividad física, desarrollar tareas domésticas, buscar trabajo y destinar momentos al descanso ayuda a recuperar una sensación de orden y control.

También debemos evitar que buscar trabajo se transforme en una actividad de 24 horas. Es más saludable establecer bloques específicos del día para actualizar el currículum, postular, contactar redes y revisar oportunidades, para luego continuar con otras actividades.

Un tercer elemento fundamental es mantener los vínculos. La cesantía puede venir acompañada de duda, vergüenza o de la sensación de no querer preocupar a los demás, favoreciendo el aislamiento. Precisamente en momentos de incertidumbre debemos hacer lo contrario: conversar, pedir apoyo, encontrarnos con otras personas y comunicar cómo nos estamos sintiendo.

Finalmente, debemos saber cuándo pedir ayuda. Buscar apoyo psicológico no debería considerarse el último recurso ni una señal de debilidad. El apoyo psicológico es importante considerarlo en todo momento de nuestra vida. La evidencia muestra que intervenciones psicológicas, incluyendo estrategias basadas en terapia cognitivo-conductual, pueden disminuir síntomas de depresión y ansiedad en personas desempleadas.

En este contexto, la Universidad Católica del Maule (UCM), cuenta en Talca con un Centro Psicológico UCM, una unidad docente-asistencial de la Escuela de Psicología que brinda atención a niños, adolescentes y adultos en problemáticas de salud mental de baja y mediana complejidad, entre ellas sintomatología ansiosa y depresiva. Como una forma de facilitar el acceso a atención psicológica, el centro ofrece sesiones a bajo costo y recibe solicitudes de atención a través del correo centropsicologico@ucm.cl, del teléfono 71 2986473 y de las redes sociales de la Facultad de Ciencias de la Salud UCM. Y como buena noticia, este Centro Psicológico también se encontrará

en nuestra Cuidad de Curicó a partir de marzo de 2027.

Este tipo de iniciativas cobra especial importancia en períodos de incertidumbre económica, porque hablar de empleo es hablar de economía, pero también de dignidad, vínculos, seguridad y salud mental. Y frente a una realidad como la que actualmente enfrenta Chile, cuidar estas dimensiones debe convertirse en una responsabilidad compartida en nuestra sociedad.

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