- Angélica Pacheco, periodista y académica de la Universidad Viña del Mar
Se pierde algo fundamental para nuestra convivencia: la capacidad de respetarnos.
Y no se trata solamente de las buenas maneras o de la cortesía, sino de la capacidad de reconocer al otro, de escucharlo y de aceptar formas distintas de comprender el mundo.
El filósofo surcoreano Byung-Chul Han, en su reciente ensayo “Sin respeto”, reflexiona precisamente sobre esta pérdida. El respeto significa consideración hacia el otro. Y esa consideración requiere algo cada vez más escaso: atención.
Pero ¿qué sucede cuando se vive en una cultura que exige reaccionar antes de comprender?
Se vive en tiempos de scroll. Se desliza el dedo sobre las pantallas y se pasa, en segundos de una tragedia a una controversia política, de una denuncia a una imagen conmovedora.
Todo parece urgente.
La velocidad no solamente transforma la manera de informarse. También modifica la manera de relacionarse.
Hace más de setenta años, el filósofo español Martín Heidegger desarrolló una reflexión que hoy adquiere hoy extraordinaria actualidad. La serenidad.
Heidegger distingue entre el pensamiento calculador, que mide y busca resultados, y el pensamiento meditativo, que necesita detenerse y reflexionar sobre el sentido de aquello que se hace.
¿No es precisamente esa atención la que se observa en la cultura digital?
Se miden visualizaciones, interacciones y tendencias. Se sabe cuántas personas reaccionan ante una noticia. Pero ¿se sabe cuánto comprenden?
Para Heidegger, la serenidad no supone rechazar la técnica, sino establecer una relación más libre con ella.
Y esta idea resulta especialmente significativa para el periodismo.
La velocidad permite publicar antes. La serenidad permite preguntarse si se debe hacerlo, cómo y para qué.
Aquí aparece una dimensión fundamental: la responsabilidad curatorial del periodismo.
Porque no solamente informa sobre lo que ocurre. También participa en la construcción de aquello que una sociedad considera importante, urgente o preocupante.
Se dice qué noticias adquieren visibilidad, qué voces son escuchadas y qué acontecimientos permanecen invisibles.
Y esas decisiones tienen consecuencias.
En Chile, distintas encuestas muestran un clima de preocupación, incertidumbre y pesimismo respecto del futuro.
Entonces ¿de qué manera las decisiones curatoriales también pueden contribuir a profundizar el estado de ánimo de una sociedad?
Cuando se selecciona permanentemente aquello que provoca miedo o indignación, se corre el riesgo de reforzar la percepción de que la realidad está condenada al deterioro.
Esto no significa ocultar los conflictos ni reemplazar el periodismo crítico por noticias agradables.
Significa reconocer que la responsabilidad periodística no termina cuando se comprueba que una información es verdadera.
También exige preguntarse cómo se presenta y qué comprensión de la realidad contribuye a construir.
Una noticia puede ser rigurosamente verdadera y, sin embargo, resultar profundamente incompleta.
Por eso, planteo que la serenidad es una competencia ética del profesional: distinguir entre aquello que es urgente para las plataformas y aquello que es verdaderamente importante para las personas.
En este escenario, el periodismo local tiene una oportunidad extraordinaria.
Mientras la agenda nacional suele concentrarse en las disciplinas entre élites políticas, la vida cotidiana ocurre también en los barrios, escuelas, consultorios y organizaciones sociales.
El periodismo local recupera esa proximidad como un valor democrático.
Puede escuchar conversaciones que difícilmente alcanzan visibilidad nacional y reconocer no solamente los conflictos de las comunidades, sino también sus capacidades de transformación.
Porque una sociedad necesita conocer sus dificultades, pero también aquello que todavía es capaz de construir.
Y es aquí donde aparece la esperanza.
Comunicar esperanza no significa desconocer los problemas ni publicar solamente buenas noticias.
Significa ejercer un periodismo que no confunda la denuncia con la desesperanza ni la crítica con la destrucción permanente de la confianza.
Un periodismo capaz de reconocer los conflictos, pero también de abrir preguntas sobre las soluciones.
Al celebrar treinta años de Radio Stella Maris, surge una imagen especialmente significativa: la de un faro.
Un faro no compite con la velocidad de las comunicaciones. Su valor está en ofrecer una referencia cuando las condiciones dificultan encontrar el rumbo.
Ese es uno de los grandes desafíos del periodismo local.
No se trata de competir con el frenesí de las redes sociales. Se trata de ofrecer orientación en medio de ese frenesí.
Porque cuando todo parece exigir velocidad, detenerse a pensar puede ser un acto de responsabilidad.
Porque cuando todo parece exigir velocidad, detenerse a pensar puede ser un acto de responsabilidad.
Cuando todo parece invitar a la confrontación, escuchar puede ser un acto de respeto.
Y cuando el pesimismo amenaza con convertirse en la única manera de mirar el futuro, comunicar con serenidad puede ser, precisamente, una forma de construir esperanza.