30 de mayo de 2026 18:12
  • Doctora María Paz Corvalán Barros, miembro de la Sociedad Chilena de Medicina del Estilo de Vida (Sochimev) y de la Comisión de Tabaco de la Sociedad Chilena de Enfermedades Respiratorias.

Cada año, el tabaco mata a más de ocho millones de personas en el mundo. Cerca de 1,2 millones de esas muertes corresponden a personas no fumadoras expuestas al humo ajeno. No hablamos de una amenaza futura ni de un riesgo abstracto: hablamos de una de las principales causas prevenibles de muerte, discapacidad y enfermedad cardiovascular, respiratoria y oncológica del planeta.

En el marco del Día Mundial Sin Tabaco, que se conmemora cada 31 de mayo, resulta urgente recordar algo que la evidencia científica reciente ha vuelto a confirmar: el tabaco no solo mata, también deteriora silenciosamente la salud mucho antes de que aparezcan síntomas visibles. Estudios publicados en revistas médicas de referencia muestran que fumar afecta prácticamente todos los sistemas del cuerpo, acelerando procesos inflamatorios, envejecimiento celular, daño vascular y deterioro pulmonar progresivo.

Persisten, además, creencias peligrosamente equivocadas. Una de ellas es pensar que fumar “poco” no representa un problema real. La investigación científica ha demostrado que incluso el consumo de uno a cinco cigarrillos diarios aumenta significativamente el riesgo cardiovascular. Un metaanálisis internacional concluyó que fumar un cigarrillo al día puede representar cerca de la mitad del exceso de riesgo de enfermedad coronaria y accidente cerebrovascular observado en fumadores intensos. Más recientemente, estudios poblacionales han mostrado que consumir entre dos y cinco cigarrillos diarios se asocia con un aumento significativo del riesgo cardiovascular y mortalidad global. No existe un nivel seguro de tabaquismo.

Otro error frecuente es asumir que el daño ya está hecho y que dejar de fumar “no cambia nada”, especialmente después de años de consumo. La ciencia dice exactamente lo contrario. Un estudio publicado en 2024 en NEJM Evidence, que analizó grandes cohortes poblacionales, concluyó que abandonar el tabaco reduce sustancialmente el riesgo de muerte por enfermedades cardiovasculares, cáncer y patologías respiratorias, con beneficios observables incluso dentro de los primeros tres años de cesación. Quienes logran mantenerse diez años sin fumar alcanzan expectativas de sobrevida cercanas a las de quienes nunca fumaron.

Desde la medicina del estilo de vida sabemos que fumar no es simplemente un hábito: es una dependencia profundamente vinculada al entorno, el estrés, la salud mental, el sueño y la conducta. Por eso abandonar el tabaco requiere acompañamiento, políticas públicas y entornos protectores, no culpa ni estigmatización.

También debemos hablar de quienes no eligen fumar. La exposición al humo ambiental sigue enfermando a niños, niñas, embarazadas, personas mayores y pacientes respiratorios o cardiovasculares. El humo de segunda mano no es inocuo y no existe exposición segura.

El Día Mundial Sin Tabaco no debería ser una efeméride más. Debe recordarnos que prevenir el inicio del consumo, retrasar la exposición en adolescentes y acompañar activamente a quienes quieren dejar de fumar puede significar literalmente años de vida recuperados. La evidencia es clara: nunca es demasiado temprano para no empezar ni demasiado tarde para dejarlo.

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