6 de noviembre de 2026 16:09
  • Enrique Aravena Ramírez, ingeniero de ejecución mecánica. Autor del libro “De la calle de las viudas al conventillo”

Nadie supo nunca qué edad tenía el lagarto que se paseaba por el patio, que entraba y salía como Pedro por su casa a cada una de las habitaciones del conventillo, luciendo su piel escamosa de color verde amarillo, con vetas grises en los costados, asustando a las ancianas y a los visitantes que llegaban por lo general a efectuar alguna cobranza.

El semanero de las sábanas, ollas y cubrecamas lo había asustado tres veces; al controlador de la compañía eléctrica casi le dio un infarto cuando lo encontró tomando el sol sobre el medidor.

Doña Ángela, una anciana prostituta que vivía asilada en la tercera pieza del sector poniente, decía que este era la encarnación del demonio y, cada vez que lo divisaba, le tiraba con lo que encontraba al alcance de sus manos. Así era como destrozaba en mil pedazos platos, copas, jarros y floreros de vidrio.

El único que nunca se había asustado era Marcelo, quien lo cuidaba y jugueteaba con él desde que su padre se lo trajo de los cerros desérticos de la región de Atacama, donde lo encontró entre caracoles y moluscos petrificados, a más de cuatro mil metros de altura, en la cordillera andina, cerca del salar de Maricunga.

Manolo, con los audífonos puestos y el personal en el bolsillo trasero del jean, lo paseaba todos los días al llegar del colegio, a eso de las cinco de la tarde, desde la pieza en que vivía con su madre, la segunda del sector poniente, contigua a la de doña Ángela, hasta la sombra del olivo que se erguía en el fondo del patio, donde el lagarto se subía por el tronco y se camuflaba con el color verde de las hojas y los frutos. Allí fue donde descubrieron que lo que le había salido en el cuello no eran precisamente agallas, como había dicho don Manuel, el albañil especialista en yeso que arrendaba la pieza grande del lado oriente, sino una especie de alas, las que abría para planear por el aire cada vez que quería bajarse del árbol.

Una mañana, que el sol daba fuertemente sobre el lavadero, doña Ángela aprovechó para dar un enjuague a esos pañitos individuales que solo ella usaba en ciertas ocasiones (a su edad, nunca se había acostumbrado al uso de las modernas y absorbentes toallas femeninas), cuando el lagarto asomó su cabeza por una esquina de la pileta, haciendo reflejarse el sol en sus escamas plateadas. Sin emitir ese grito de espanto que normalmente lanzaba doña Ángela cada vez que lo veía, silenciosamente agarró su cuchillo cocinero de entre un montón de platos sucios y se lo lanzó con tal suerte que, si el animal no se movía con una agilidad mayor a la acostumbrada, lo ensartaba de lado a lado, y solo logró cortarle un tercio de la cola.

La cola, por horas, quedó moviéndose y saltando separada del cuerpo del desgraciado reptil, quien a su vez desapareció por varios días, llegando a pensar los habitantes del conventillo que este había muerto a manos del certero cuchillazo de doña Ángela. Otros, como don Julio, el municipal que habitaba la última pieza del lado poniente, llegaron a especular que estos animales tenían la vida en la cola y, por esa razón, esta seguía moviéndose separada del cuerpo hasta quedar ambos, cuerpo y cola sin vida.

Para sorpresa de doña Ángela, que ya había cantado victoria, tres días después apareció nuevamente el animal paseándose macilento por el patio, mirando como precavido y temeroso con sus ojos rojizos a doña Ángela, mientras abría amenazante hocico, estirando una larga lengua amarillenta.

Nadie pudo saber tampoco el motivo del deceso de doña Ángela tres días después. Algunos culparon al lagarto que, a modo de venganza, le había ido chupando la sangre a la vieja, poco a poco mientras dormía; otros, a la mala vida y al desgaste físico de tanto trasnochar y tomar cuando ejerció su oficio. Un médico que trajo el viejo comerciante en muebles, enamorado de la Herminia, la hija del albañil, extendió el certificado de defunción indicando como motivo del deceso: “muerte natural”.

Este tan ambiguo dictamen despertó la curiosidad de María, la hija mayor de doña Ángela, que apareció el día del funeral vistiendo una mini solera—pantalón con florones rojos que, por la parte de la mini, dejaba ver el pliegue del nacimiento de los glúteos y, por la parte superior, un escote por donde parecían arrancársele los pechos, quien, haciéndose asesorar de un tinterillo adicto a los suburbios donde esta se ganaba la vida, presentó un escrito al juzgado solicitando la exhumación de los restos para así determinar el exacto motivo de la muerte de quien le heredara los secretos de tan lucrativa profesión.

En concordancia con el tinterillo, María había centrado sus sospechas en Marcelo, a quien acusaba de haber envenenado a la vieja con cianuro. Según los consejos del tinterillo –quien se había hecho asiduo en el dormitorio de Mary–, dándole diariamente pequeñas porciones de cianuro a una persona, esta tiene una muerte repentina y normalmente se queda en el sueño sin despertar mayores sospechas.

Desde el día del funeral, el lagarto verde amarillo, con alas en el cuello y la cola mocha, no había vuelto a verse y no faltó quien aludiera su ausencia a la edad que este podría haber tenido, sin darle mayor importancia; otros dijeron que este tipo de animal era de la familia de las iguanas de las islas Antillas y que seguramente había muerto por no encontrarse en su hábitat.

Cuando, los funcionarios del Instituto Médico Legal procedieron a abrir la tapa del cajón, y dar así cumplimiento al dictamen del juez a las peticiones de María, casi un centenar de curiosos se encontraba expectante; no faltó ninguno de los residentes del conventillo. El féretro todavía se mantenía intacto, sin haberse opacado aún el brillo del barniz que trató de ocultar la mala calidad de la madera con que fue construido.

Cuando, provistos de máscaras sanitarias, los funcionarios procedían a abrir las tapas del cajón, fueron sorprendidos por algo desconocido para ellos que, tras un sonido espantoso, saltó y voló sobre sus cabezas para planear por el aire y posarse sobre el hombro derecho de Marcelo, que se encontraba parado a tres tumbas de distancia.

-¡El lagarto!- exclamaron los del conventillo, entre los rostros de interrogación y espanto de los funcionarios, asistentes novedosos y el propio juez, a quien casi tienen que sepultarlo allí mismo, debido a que por poco se muere de susto.

En el interior ya no estaba el cuerpo de doña Ángela, muerta hacía no más de quince días; solo se encontró allí un montón de huesos pelados y roídos, como si hubiesen sido chupados uno por uno. El lagarto verde amarillo volvió a volar desde el hombro de Marcelo, luciendo ahora una cresta espinosa en su dorso y una cola larga terminada en punta, la que usaba como timón para introducirse en otra tumba donde nadie de los asistentes pudo apreciar cuál era.

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