16 de junio de 2026 18:34
  • Christian Lucero, abogado

Vivimos una época fascinante y, al mismo tiempo, inquietante. La inteligencia artificial avanza a una velocidad que hace apenas algunos años parecía imposible. Hoy las máquinas escriben, traducen, crean imágenes, diagnostican enfermedades y juegan ajedrez mejor que cualquier campeón del mundo.

Sin embargo, mientras el mundo se pregunta hasta dónde podrá llegar la inteligencia artificial, quizá la pregunta más importante sea otra: ¿qué ocurrirá con la inteligencia humana?

La reciente encíclica Magnifica Humanitas del Papa León XIV aborda precisamente esa preocupación. El documento advierte que el gran riesgo de nuestro tiempo no es solamente tecnológico, sino profundamente humano: olvidar quiénes somos y reducir la vida a eficiencia, cálculo y rendimiento.

En medio de esa discusión global, podría parecer extraño hablar de ajedrez. Pero tal vez el ajedrez tenga hoy mucho más que decir sobre la humanidad de lo que imaginamos.

Desde hace un tiempo hemos desarrollado talleres de ajedrez con adultos mayores y personas ciegas. Y allí ocurre algo difícil de explicar desde la lógica fría de la tecnología. Porque el verdadero valor del ajedrez no aparece únicamente en la precisión de las jugadas, ni en la capacidad de cálculo, ni siquiera en la competencia.

Lo verdaderamente importante ocurre entre las personas.

Ocurre cuando un adulto mayor vuelve a sentirse desafiado intelectualmente después de años de soledad. Cuando recupera la concentración, la memoria y, muchas veces, también la alegría. Ocurre cuando una persona ciega descubre que puede “ver” el tablero a través del tacto, de la imaginación y de la paciencia. Ocurre cuando dos personas, distintas en edad, historia o condición, se encuentran frente a un tablero en igualdad absoluta.

Las máquinas pueden derrotarnos en ajedrez. Pero jamás podrán experimentar lo que significa compartir una partida.

Porque el ajedrez humano no trata solamente de encontrar la mejor jugada. Trata también de aprender a esperar, aceptar la derrota, respetar al otro, controlar los impulsos, convivir con el error y descubrir belleza incluso en el silencio de una partida.

En tiempos donde todo parece acelerarse, el ajedrez obliga a detenerse. En una sociedad obsesionada con las pantallas y la inmediatez, una persona ciega nos recuerda el valor del tacto y de la concentración profunda. En una cultura que muchas veces margina la vejez, un adulto mayor vuelve a enseñarnos que la experiencia también piensa, crea y sueña.

Quizá ahí exista una de las respuestas más importantes frente al paradigma tecnocrático que advierte León XIV: recordar que el ser humano no puede reducirse jamás a datos, productividad o algoritmos.

Resulta paradójico que, precisamente ahora que las máquinas juegan mejor ajedrez que nosotros, el ajedrez pueda ayudarnos a comprender mejor lo que significa seguir siendo humanos.

Porque el futuro no dependerá solamente de cuánta inteligencia artificial logremos desarrollar. También dependerá de nuestra capacidad de conservar aquello que ninguna máquina podrá reemplazar: la empatía, la fragilidad, la amistad, la contemplación y el encuentro verdadero entre las personas.

Tal vez el verdadero desafío de nuestro tiempo no sea que las máquinas aprendan a pensar como humanos.

Tal vez el verdadero desafío sea que los seres humanos no olvidemos cómo sentir, compartir y mirar al otro como un igual.

Y, a veces, esa defensa silenciosa de la humanidad comienza simplemente con dos personas sentadas frente a un tablero de ajedrez.

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