- Christian Lucero, abogado
Hay tragedias que no solo enlutan a las familias de las víctimas. También obligan a una ciudad entera a mirarse al espejo.
El grave accidente ocurrido en las inmediaciones de la Feria Caupolicán no solo arrebató vidas y dejó personas gravemente heridas. También puso en evidencia una realidad que estaba frente a nuestros ojos, pero que habíamos terminado por considerar normal. Porque muchas de las personas afectadas ni siquiera se encontraban al interior de la feria: trabajaban o transitaban en la vereda, intentando ganarse la vida en un espacio que nunca fue diseñado para ello y que jamás contó con condiciones mínimas de seguridad.
Hoy las familias lloran a sus seres queridos. Claman por justicia, pero también por algo mucho más básico: que ninguna otra familia tenga que pasar por el mismo dolor. Su demanda es, en el fondo, un llamado a que la vida de las personas valga más que la indiferencia o la burocracia.
Lo ocurrido revela una precariedad que va mucho más allá del accidente. Revela la pobreza silenciosa que muchas veces preferimos no mirar. Mujeres y hombres que, desde muy temprano, salen a buscar el sustento diario en condiciones frágiles, expuestos al tránsito de vehículos que circulan por una avenida concebida hace décadas como una vía de conexión rápida con el Camino Internacional, pero que el crecimiento de Viña del Mar terminó incorporando al corazón de la ciudad.
Sin embargo, esa transformación urbana nunca fue acompañada por la infraestructura necesaria. No hubo rejas de protección, barreras, reductores de velocidad, cruces peatonales suficientemente seguros ni una planificación acorde con la intensa actividad comercial y peatonal del sector. Durante años convivieron, casi como si fuera inevitable, el comercio informal, cientos de peatones y una vía diseñada para velocidades incompatibles con la presencia permanente de personas.
La tragedia no puede explicarse únicamente por la conducta del conductor. También interpela a todos quienes, durante años, permitieron que esta situación se consolidara sin adoptar medidas eficaces para proteger la vida humana.
Una sociedad se define por la forma en que cuida a quienes son más vulnerables. Y cuando aceptamos como normal que miles de personas trabajen diariamente expuestas a un riesgo evidente simplemente porque necesitan llevar el pan a sus hogares, terminamos normalizando una pobreza que no solo es económica: es también una pobreza de planificación, de prevención y de sensibilidad.
Quizás el mayor homenaje que podemos rendir a quienes perdieron la vida sea impedir que esta tragedia se convierta en una noticia más. Que el dolor de sus familias nos obligue, por fin, a construir una ciudad donde nadie tenga que elegir entre ganarse la vida y poner en riesgo su propia existencia.
Porque detrás de cada víctima había una historia, una familia, sueños y personas que hoy lloran una ausencia irreparable. Ellos merecen justicia. Pero, sobre todo, merecen que su dolor sea el punto de partida para que nunca más la precariedad y la indiferencia vuelvan a costar vidas.