- Sergio Velasco de la Cerda, ex diputado
“Si hay un idiota en el poder es porque quienes lo eligieron están bien representados” (Apparicio Torelly)
La atención pública parece estar puesta en el Mundial de Fútbol, organizado por tres grandes naciones anfitrionas: México, Canadá y Estados Unidos, un hecho inédito en la historia del torneo. Millones de personas siguen este espectáculo de masas, mientras sus respectivas selecciones buscan avanzar en la competencia. Sin embargo, el drama planetario es otro. Mientras una parte del mundo celebra, millones de personas viven la angustia permanente de la subsistencia diaria.
La guerra continúa extendiendo sus consecuencias devastadoras. Aunque muchos no participen directamente en los conflictos, sufren sus efectos. Las cifras, que suelen presentarse como simples estadísticas, esconden tragedias humanas: miles de niños, mujeres y ancianos muertos. Han dejado de ser noticia para convertirse en parte de una rutina dolorosa.
Incluso el Papa León XIV clama desesperadamente por la paz.
Trump, Netanyahu, Milei y Bukele, cada uno en su propio escenario político, representan distintas expresiones de un tiempo marcado por el predominio del poder, los intereses estratégicos y la disputa por recursos naturales. El petróleo venezolano, las llamadas tierras raras y otros recursos críticos parecen condicionar decisiones que se justifican en nombre de una democracia cada vez más cuestionada.
“Polvo eres y en polvo te convertirás”. Solo en Gaza las víctimas civiles se cuentan por decenas de miles. A ellas se suman las de Ucrania, Irán, Líbano y otros escenarios de conflicto. Se anuncian acuerdos, pero muchas veces parecen más cercanos a arreglos circunstanciales que a soluciones duraderas.
Nadie sabe cuándo ni dónde puede caer un dron sobre una vivienda humilde y destruir una familia completa. Para millones de personas, la muerte ya no es una abstracción, sino una posibilidad cotidiana asociada al lugar donde les tocó nacer y a la riqueza estratégica de los territorios que habitan.
¿Y cómo estamos por casa? Tampoco bien. Nuestra capacidad para decidir soberanamente nuestro futuro parece cada vez más condicionada por intereses externos. Con frecuencia, las decisiones fundamentales parecen depender de factores ajenos a la voluntad democrática de los chilenos.
Chile aparece subordinado a poderes internacionales que influyen en su desarrollo político y económico. Para algunos, incluso la relación con Estados Unidos continúa siendo determinante en materias esenciales.
Kast, en menos de 69 días, destituyó a dos ministras por ineptitud, lo que le habría significado una importante caída en su popularidad. Según las cifras citadas por sus detractores, registra niveles de rechazo superiores a los de aprobación.
Marca apenas un 30,5% de aprobación y un 56,7% de rechazo, todo un record en menos de 100 días de gobierno.
Mantiene como ministro de Hacienda a Jorge Quiroz, quien enfrentó serios cuestionamientos judiciales en el pasado. También ha designado como embajador a Gabriel Zaliasnik, decisión que ha generado críticas respecto de su cero experiencia diplomática. Además, está imputado por su infinita relación con Luis Hermosilla, personaje acusado y detenido, en un juicio de corrupción en los tribunales.
Al mismo tiempo, impulsa medidas tributarias orientadas a reducir la carga impositiva de las grandes empresas, mientras el costo de vida sigue afectando a los sectores medios y populares.
Renuncian autoridades regionales; se eliminan o reducen programas sociales; se aplican recortes presupuestarios en áreas sensibles como salud, educación, vivienda, cultura y seguridad ciudadana. Todo ello contrasta con promesas de campaña que aseguraban mantener la protección social.
La lista de controversias es extensa. No sería extraño que mañana se planteen iniciativas de privatización en áreas consideradas estratégicas para el país. Lo que ayer parecía impensable hoy aparece como una posibilidad real dentro del debate político. Codelco, la principal empresa chilena, está en el ojo de la des-nacionalización. Ni la dictadura de Pinochet fue capaz de hacer algo así.
Mi santa madre me decía, con su sabia experiencia natural, la “culpa no la tiene el chancho, si no quien le da el afrecho”.