28 de mayo de 2026 17:11
  • Osvaldo Urrutia, consejero regional

Nuevamente aparecen los mismos de siempre. Los mismos grupos, los mismos dirigentes y los mismos litigantes que, desde hace años, se oponen sistemáticamente a cualquier intento de modernización portuaria en Valparaíso.

Lo más llamativo es que muchos de ellos carecen de representación democrática real, pero aun así han logrado imponer una lógica de paralización permanente que mantiene a la ciudad atrapada entre la nostalgia y el deterioro.

Hoy vuelven a intentar bloquear la ampliación del Terminal 2, utilizando argumentos reiterados hasta el cansancio, pese a los extensos procesos de evaluación ambiental, mitigaciones y revisiones técnicas ya efectuadas.

Mientras tanto, Valparaíso continúa perdiendo competitividad.

Otrora el principal puerto de Chile y eje del comercio del Pacífico sur, hoy moviliza aproximadamente la mitad de la carga que transfiere San Antonio. La diferencia no es casualidad: responde a años de retrasos, judicialización, incertidumbre política y ausencia de decisiones estratégicas oportunas.

Y aquí existe una realidad incómoda que pocos quieren decir con claridad: si la ampliación de San Antonio se materializa antes que la de Valparaíso, probablemente la expansión portuaria porteña terminará siendo innecesaria desde la lógica económica y operacional.

Los flujos de carga no esperan eternamente.

Las navieras, concesionarios e inversionistas buscan eficiencia, certeza y capacidad disponible. Cuando una ciudad transmite la señal de que cualquier proyecto puede quedar atrapado durante décadas entre reclamaciones y obstrucciones, simplemente las inversiones migran hacia otros puertos.

Después vienen las lamentaciones.

Se habla entonces de decadencia urbana, pérdida de empleos, deterioro del comercio y abandono del patrimonio, pero pocas veces se reconoce que parte importante de esa crisis proviene precisamente de haber combatido una y otra vez la principal actividad económica que dio origen a Valparaíso.

Las cifras son elocuentes y dolorosas: de los 630 inmuebles ubicados en la zona patrimonial de Valparaíso, 139 se encuentran abandonados. Es decir, más de uno de cada cinco edificios patrimoniales permanece vacío, deteriorado o sin destino claro.

Ese no es el resultado de un exceso de desarrollo. Es la consecuencia visible del estancamiento.

Porque un puerto no puede subsistir únicamente de recuerdos, patrimonio y discursos románticos sobre su pasado. El patrimonio necesita actividad económica, inversión, empleo y ciudad viva alrededor.

Valparaíso necesita decidir qué quiere ser. Una ciudad puerto moderna, capaz de competir en el siglo XXI, o una ciudad detenida en debates interminables mientras otros territorios capturan las inversiones, el empleo y las oportunidades.

Lo verdaderamente dramático es que mientras algunos celebran cada retraso del T2 como una victoria ideológica, lo que realmente avanza es el apagamiento progresivo de Valparaíso.

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