- Discurso de Manuel Tobar Leiva Parroquia San Vicente de Paul 26 de mayo de 2026
Doy gracias a esta parroquia y a su cura párroco por acogernos en este lugar de oración, reflexión y despedida.
También agradezco profundamente a todos ustedes que han acudido a dar el último adiós, en la casa del Señor, a mi hermano mellizo, Juan Luis Tobar Leiva.
De Juanito se podría hablar hasta la noche. Pero no lo haré, porque el dolor que sentimos no se sana, por ahora, con más o menos palabras.
Solo diré que Juan Tobar Leiva fue una persona con quien caminé la niñez, la adolescencia, la juventud y la adultez.
Cuando éramos niños, proclamó que cuando grande quería ser un intelectual. Nuestro padre nos acercó tempranamente a la figura de Eduardo Frei Montalva, quien a los 27 años ya había publicado un libro titulado El Chile desconocido. Esa era nuestra referencia.
Por eso, mientras muchos niños soñaban con ser futbolistas —hoy dirían un Alexis Sánchez—, Juan soñaba con ser un intelectual.
En 1965, nuestra familia se trasladó de Cartagena a Valparaíso. En esos años, como lo recuerdan Julio Valdebenito y varios compañeros del Liceo Guillermo Rivera de Viña del Mar, mi hermano Juan fue acusado injustamente por una profesora de Arte, la señora Lolas, de ser homosexual. No lo era. Pero en ese tiempo la palabra de un profesor se aceptaba sin discusión y fue expulsado del liceo.
Hoy aquello sería reconocido como una discriminación abusiva e injusta.
Entonces Juan decidió ingresar a la Escuela de Bellas Artes de Viña del Mar, donde permaneció desde 1968 hasta 1975. Fue un período prolífico, de intensa creación artística, en el que desarrolló diversos estilos que ya revelaban su talento y su profundo compromiso con el arte.
En 1975 partió a Alemania para continuar sus estudios en la Kunstakademie de Düsseldorf. Después de seis años recibió, del famoso pintor hiperrealista alemán Konrad Klapheck, el certificado de Meisterschüler.
Durante su estadía en Alemania formó además una importante biblioteca sobre historia del arte, filosofía, sociología, literatura, teología y el Concilio Vaticano II.
Por eso, cuando regresó a Chile en 1982, volvía no solo con un título de maestro en arte, sino también con una formación intelectual muy completa.
Volvía, en cierto modo, convertido en aquello que soñó cuando niño: un intelectual.
Pero también regresaba con una maldita enfermedad: la esquizofrenia.
Vivió en Cartagena entre 1982 y 1990. Luego, cuando yo regresé de Bélgica, acordamos estar más cerca y se trasladó primero a Viña del Mar y después a Valparaíso, a la casa de Claudio Francia.
En todo ese tiempo siguió pintando. Y mi papel fue, en cierta forma, el de Theo, el hermano de Vincent van Gogh. Yo le compraba materiales y recuerdo también haberle organizado una exposición en la galería de arte El Farol, de la Universidad de Valparaíso, experiencia que lo hizo profundamente feliz.
En fin, a mi hermano Juan se le podría definir como un pintor e intelectual de autodefinición proletaria.
Nunca fue violento. Le encantaba el diálogo. A veces pasaba con su platillo por avenida Patricio Lynch y muchas personas lo acogían, conversaban con él y le tomaban cariño.
Puedo decir, sin temor a equivocarme, que era un hombre bueno de alma.
Cuando podía, ayudaba a algún viejito o viejita a comprar su sustento. Hacía mandados. También daba consejos a los atribulados. Pagaba religiosamente sus deudas, salvo quizás la de este último mes, de la cual nos haremos cargo nosotros.
A mí me dejó lecciones de humanidad y humildad que jamás olvidaré.
A veces ocurre que tenemos un ángel cerca de nosotros y no nos damos cuenta.
Así es la vida.
Muchas gracias por haber venido.