26 de junio de 2026 00:45
  • Christian Lucero, abogado

Si un árbol cae en el bosque y nadie lo escucha, ¿hace ruido?

Durante siglos esta pregunta ha servido para discutir filosofía. Hoy, en Chile, sirve para algo más brutal: para explicar cómo el Estado ha aprendido a convivir con el sufrimiento sin escucharlo.

Martincito Vallejo Riquelme tenía 8 años. Vivía en Melipilla. Tenía una madre del sur que caminó hasta La Moneda para que el Estado viera lo que no quería ver. Martín tenía neuroblastoma. Necesitaba dinutuximab. El Estado —Ministerio de Salud, FONASA, Servicios de Salud— llegó tarde. Como casi siempre.

Y aquí la pregunta deja de ser filosófica:

¿Existe un niño para el Estado si su medicamento no está cubierto?

¿Existe su dolor si no cabe en una glosa presupuestaria?

¿Existe su derecho si el comité técnico lo rechaza “por razones formales”?

A Martín le autorizaron tarde. Alcanzó a recibir una primera dosis. Ya no sirvió. A diferencia de otros niños, en su caso el tiempo se agotó. No por la enfermedad solamente: también por la burocracia, por la indiferencia, por la economía escondida bajo el discurso técnico.

Porque aquí nadie diga que esto es solo técnico.

Esto es económico.

Esto es político.

Esto es moral.

Los padres de Martín hicieron rifas. Vendieron lo que no tenían. Recurrieron a la solidaridad. Pagaron de su bolsillo lo que el Estado negó. Y ahora Martín ya no está. El medicamento llegó cuando ya no podía cumplir su función. Eso también es una forma de violencia. Una violencia lenta, administrativa, limpia, sin sangre en los escritorios.

El país que transforma la tragedia en espectáculo

Los medios aparecen. Las cámaras graban. Se muestra la cuenta bancaria. Se pide cooperación. Se llora en pantalla. Pero no se cuestiona el sistema.

Y cuando alguien pronuncia nombres —ministros de Corte, fallos, responsabilidades—, los periodistas retroceden. Protegen. Editan. Suavizan. Porque hay relaciones, hay techos de vidrio, hay conveniencias.

Se hace del dolor un reality, pero no se toca la estructura que lo produce.

El Estado enfermedad-dependiente

En fibrosis quística ocurre lo mismo.

En linfomas ocurre lo mismo.

En mutaciones “no cubiertas” ocurre lo mismo.

A los seis años sí.

A los cinco no.

Esta mutación sí.

Esta otra no.

No porque no haya evidencia.

No porque no funcione.

Sino porque es caro.

La FDA en Estados Unidos lo aprueba.

Europa lo incorpora.

Chile lo posterga.

Y después dice que “lamenta profundamente”.

Martín ya no está. Pero la deuda sí.

El Estado le falló a Martín.

Le falló a su familia.

Le falló a todos los niños que hoy están esperando que alguien escuche el ruido de su propio árbol cayendo.

Y todavía hay algo más grave:

El Estado debería responder incluso por los dineros que la familia invirtió en un medicamento que llegó tarde por causas que no les son imputables.

Porque cuando el retraso mata, también hay responsabilidad patrimonial, jurídica y ética.

El verdadero sentido de la pregunta

Hoy la vieja pregunta no es:

“Si un árbol cae y nadie lo escucha, ¿hace ruido?”

Hoy es esta:

Si un niño muere porque el Estado no quiso escuchar a tiempo, ¿de verdad nadie es responsable?

Martín existió.

Martín luchó.

Martín tuvo nombre, rostro, historia.

Y aunque el Estado haya actuado como si no lo oyera caer,

el ruido de su caso ya no se puede apagar.

1 comentario en «CUANDO EL ÁRBOL CAE Y EL ESTADO FINGE NO OÍR»

  1. Pienso que los ciudadanos estamos canse la inseguridad, delincuencia, temas de la salud, falta de empleos, precios locos de los alimentos, de la no solución a los problemas que nos aquejan desde hace muchos años s los chilenos, de jubilaciones bajas, etc. Hemos perdido credibilidad en las Autoridades, se ha visto mucha corrupción,

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