21 de abril de 2026 04:39
  • Osvaldo Urrutia Soto, consejero regional de Valparaíso

Abril no es un mes cualquiera para Valparaíso. En estos días se conmemoran dos hitos fundacionales: el descubrimiento de su bahía en abril de 1536 y la instalación de su Primer Cabildo el 17 de abril de 1791. Es el mes en que comienza su historia y en que se organiza como ciudad.

Mientras conmemoramos casi cinco siglos de historia y más de dos de vida institucional, la pregunta inevitable es qué han hecho —o dejado de hacer— las autoridades con ese legado.

Valparaíso no es una ciudad cualquiera. Fue el principal puerto del país, motor del comercio exterior y referente cultural. Sin embargo, hoy enfrenta un deterioro evidente y generalizado. No es una percepción: se ve, se recorre y se vive.

Basta caminar por las calles Serrano, Prat, Esmeralda y Condell, desde la Plaza Aduana hasta la Plaza Victoria, para constatarlo. Lo que debiera ser el corazón cívico y patrimonial hoy muestra abandono, suciedad y desorden.

Existen símbolos demasiado visibles de decadencia: el sitio eriazo que mantiene la Universidad de Valparaíso frente al parque de calle Brasil —en esa condición desde el año 2000, hace ya 25 años—; el fracaso del edificio destinado a la neurociencia, el abandono del barrio fundacional de la Matriz y plaza Echaurren, el Hospital Van Buren en la UTI por necesidades de reparación, restauración y ampliación de sus espacios, y para colmo el Edificio Esmeralda, propiedad fiscal destinada a las oficinas de las máximas autoridades regionales y servicios públicos, desalojado desde fines del año pasado por falta de mantención de sus instalaciones.

No se trata de hechos aislados. Es un patrón: espacios urbanos abandonados, proyectos inconclusos, inmuebles vandalizados, otros muy deteriorados e instituciones que no cuidan ni siquiera su propia infraestructura.

El barrio universitario también acusa deterioro, los monumentos que adornan sus calles descuidados, el Barrio Puerto sin vitalidad, una costanera descuidada. A ello se suman la inseguridad, el comercio debilitado y la pérdida sostenida de población.

El deterioro se expresa en lo más básico —suciedad, olores nauseabundos, rayados de fachadas, cornisas en mal estado—, pero también en lo más profundo: una ciudad sin conducción clara, con baja inversión, con proyectos estratégicos que se bloquean y dilatan, un plan regulador obsoleto y sin una hoja de ruta seria para su recuperación.

Hoy no bastan los discursos ni actos conmemorativos. La ciudadanía no vive de aniversarios, vive de resultados. Y esos resultados hoy no están.

Cuando ni siquiera el propio Gobierno Regional fue capaz de mantener su edificio, resulta difícil pedirle a la ciudadanía que crea en su capacidad para recuperar la ciudad que hoy ven deteriorarse día a día.

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