29 de junio de 2026 18:41
  • Osvaldo Urrutia, consejero regional

Dos decisiones cotidianas ayudan a entender uno de los debates económicos más importantes de nuestro tiempo.

Un médico que ejerce de manera independiente recibe la posibilidad de atender pacientes adicionales durante todo un fin de semana. Al hacer sus cálculos, descubre que una parte importante de ese ingreso adicional terminará en impuestos, además de cotizaciones y otros costos propios de su actividad. Entonces se hace una pregunta perfectamente legítima: ¿vale realmente la pena trabajar más horas?

Al mismo tiempo, una empresa familiar analiza abrir un segundo local. La inversión le permitiría contratar nuevos trabajadores, pero también implica endeudarse, asumir riesgos y pagar más impuestos sobre las utilidades futuras. Sus dueños también se preguntan: ¿vale la pena seguir creciendo o es mejor mantener el negocio cómo está?

Aunque parecen situaciones distintas, ambas tienen algo en común: las decisiones económicas cambian cuando cambian los incentivos.

Cuando una persona decide no trabajar más horas, ese ingreso adicional simplemente no existe. Y cuando una empresa decide no invertir, tampoco se crean los nuevos puestos de trabajo que esa inversión habría generado.

La consecuencia suele pasar inadvertida. El Estado no solo deja de recaudar los impuestos asociados a esos nuevos ingresos o utilidades. También deja de percibir los impuestos provenientes de los nuevos trabajadores, del consumo que ellos generarían y de toda la actividad económica que nunca llegó a producirse.

Pero existe un efecto adicional. Cuando hay menos inversión y menos empleo, el Estado debe destinar más recursos a subsidios, programas sociales, capacitación y otras políticas de apoyo. En otras palabras, una economía que crece poco produce un doble efecto sobre las finanzas públicas: recauda menos y gasta más.

Por el contrario, cuando existen condiciones favorables para invertir, emprender y trabajar, aumenta la actividad económica, se crean nuevas oportunidades, crece el empleo y la base sobre la cual el Estado recauda impuestos se hace mucho mayor.

Lo importante es comprender que existe un punto a partir del cual una carga tributaria excesiva puede terminar desincentivando el trabajo, la inversión y el emprendimiento, reduciendo incluso la recaudación que se buscaba aumentar. Por eso, una buena política tributaria no solo debe preocuparse de cuánto recauda hoy, sino también de cuánto crecimiento es capaz de generar mañana.

En definitiva, el desafío no es discutir únicamente cómo repartir la riqueza existente, sino cómo crear mucha más riqueza para que todos puedan participar de ella.

Porque la mejor política social sigue siendo un trabajo digno y estable. Ningún subsidio entrega la autonomía, la dignidad y las oportunidades que proporciona un empleo.

La mejor reforma tributaria no siempre consiste en subir o bajar impuestos. Consiste en construir una economía donde millones de personas tengan un trabajo digno, miles de emprendedores quieran invertir y generar nuevas oportunidades, para que el Estado recaude más porque el país produce más, no porque cobra más.

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