7 de septiembre de 2026 10:49

 

¿EDUCAR PARA PENSAR O PARA VENDER?

  • Sergio Velasco de la Cerda, ex diputado

Las recientes declaraciones de Ximena Lincolao, ministra de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación, abrieron una polémica que va mucho más allá de una frase desafortunada.

Al referirse al impacto de la inteligencia artificial en el mundo laboral y en las humanidades, la ministra señaló que los profesores podrían encontrar nuevas oportunidades convirtiéndose en “vendedores o servicio al cliente” dentro de la industria tecnológica.

Sus palabras provocaron una comprensible reacción del Colegio de Profesoras y Profesores. Posteriormente, la ministra aclaró sus dichos y pidió disculpas, explicando que se había expresado mal y que se refería a funciones profesionales especializadas en empresas tecnológicas.

Las disculpas son atendibles. Pero la controversia deja abierta una discusión mucho más importante.

¿Qué lugar queremos darle a la educación en una sociedad transformada por la inteligencia artificial?

El problema no consiste en negar el progreso tecnológico ni en suponer que las profesiones permanecerán inalterables. Evidentemente, la inteligencia artificial modificará nuestras formas de trabajar, enseñar, aprender e incluso relacionarnos. Resistirse a ese proceso sería tan inútil como negar cualquiera de las grandes transformaciones tecnológicas de la historia.

La cuestión es otra: si frente a esos cambios concebiremos la educación principalmente como una herramienta para adaptarnos al mercado laboral o como una institución destinada también a formar personas capaces de pensar críticamente.

Porque educar no consiste solamente en transmitir conocimientos.

La educación debe enseñarnos a pensar, a preguntar, a discutir y también a desconfiar de aquello que se presenta como una verdad indiscutible. Una sociedad que pierde esas capacidades corre el riesgo de transformarse en una sociedad técnicamente eficiente, pero intelectualmente obediente.

Precisamente por eso las humanidades adquieren hoy una importancia extraordinaria.

La filosofía, la historia, la educación cívica, la literatura, el arte, el teatro y la música no son adornos de la formación humana. Tampoco son conocimientos inútiles porque no produzcan inmediatamente rentabilidad económica. Son disciplinas que permiten comprender el mundo, desarrollar sensibilidad y construir pensamiento crítico.

La paradoja resulta evidente: mientras más sofisticadas sean nuestras máquinas, mayor importancia tendrá aquello que las máquinas no pueden sustituir fácilmente.

No deberíamos formar seres humanos para comportarse como máquinas.

Deberíamos utilizar las máquinas para que los seres humanos puedan desarrollar mejor sus capacidades.

Existe, además, una vieja discusión chilena que vuelve a aparecer detrás de esta controversia: la diferencia entre entender la educación como un derecho y comprenderla fundamentalmente como un bien de mercado.

Cuando la educación se mercantiliza, inevitablemente comienza a dividirse entre quienes pueden pagar por una formación de calidad y quienes deben conformarse con aquello a lo que pueden acceder. Y cuando esa desigualdad se consolida desde la infancia, resulta extraordinariamente difícil corregirla durante la vida adulta.

Chile conoció otra tradición.

Pedro Aguirre Cerda, profesor y Presidente de la República, sintetizó aquella concepción en una frase que atravesó generaciones: “Gobernar es educar”.

También Gabriela Mistral hizo de la enseñanza una parte inseparable de su vida y de su obra. Antes de convertirse en Premio Nobel, fue maestra. Como tantos profesores y profesoras anónimos de nuestro país, entendió que detrás de cada niño que aprende existe alguien que alguna vez le enseñó a leer, a escribir y, ojalá, también a pensar.

La propia trayectoria de quienes hoy ocupan altas responsabilidades públicas sería difícil de imaginar sin profesores.

Por eso resulta especialmente significativo lo ocurrido recientemente en San Antonio.

Julieta Millantu Flores Fernández, una estudiante sanantonina de apenas 17 años, se convirtió en la primera chilena y primera latinoamericana en integrar una red internacional de embajadores de física y mecánica cuántica.

Detrás de ese logro existe, por supuesto, talento y esfuerzo personal. Pero también hay familia, escuela y profesores.

Ese es el punto que no deberíamos olvidar.

La inteligencia artificial probablemente transformará profundamente la educación. Debemos prepararnos para ello y aprovechar las enormes posibilidades que ofrece. Pero una sociedad verdaderamente moderna no debería preguntarse cómo reemplazar a sus profesores, sino cómo entregarles mejores herramientas para enseñar.

Porque el progreso tecnológico sin pensamiento crítico no necesariamente produce una sociedad más libre.

Puede producir simplemente una sociedad más eficiente.

Y no son lo mismo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *