25 de septiembre de 2026 16:26
  • Hugo Alcayaga Brisso, periodista

Si en lugar de querer congraciarse con el imperio norteamericano a través de su ingreso a aquello llamado Escudo de las Américas (que en Chile no conoce nadie) el gobierno del presidente Kast se dedicará a tiempo completo y verdadero interés por dar solución a las urgentes necesidades sociales de las mayorías, no se respiraría en el país tanto desánimo y desaliento, y tanto temor por lo que viene.

El citado Escudo es una iniciativa del jefe del imperialismo yanqui, el empresario Trump, un multimillonario personaje de dudosa salud mental, capaz de arremeter con toda la fuerza del poder bélico y económico de Estados Unidos para imponer su criterio en cualquier parte del mundo.

Ese multipoder deja a Trump en condiciones de invadir, ocupar y llevar a cabo su voluntad donde estime conveniente para demostrar que está dotado de facultades extraordinarias que lo ubican a la cabeza del planeta y sin consideraciones de ningún tipo respecto a los demás.

El mandatario yanqui no conoce la democracia ni le importan la autodeterminación ni la soberanía de los pueblos. Es un gran Emperador Planetario que goza y hace sentir supuestas atribuciones y una autoridad suprema que nunca nadie le ha conferido. Ha dejado sin habla a organismos e instituciones que no salen todavía a cerrarle el paso.

Ahora cuando algunos esperaban con ingenuidad un gesto de independencia, Kast se ha sumado peligrosamente y ha quedado en forma incondicional bajo las órdenes del gran manipulador. Hasta el momento Chile venía cumpliendo un papel de observador, con dignidad y mesura, lo que hoy cambia sustancialmente.

Kast no hizo consulta alguna al Congreso Nacional antes de sumarse a esta iniciativa imperial. Tampoco se conocen los deberes que pesarán sobre el país a consecuencias de esta determinación, ante la cual hay severas críticas de diversos sectores políticos que cuestionan su conveniencia.

Desde ya, se advierte que la soberanía nacional está en juego. Un documento del Departamento de Estado yanqui habla también de aspectos económicos, revisión de inversiones, y minerales críticos, lo que acrecienta las dudas surgidas en el mundo democrático.

Este Escudo de las Américas es una fachada para disimular los reales intereses de la Casa Blanca. Su verdadero propósito es el control político y económico de la decena de países que se han integrado, con la excusa de querer combatir coordinadamente el crimen organizado y la delincuencia trasnacional.

El Emperador Planetario está lejos de la democracia, porque se mantiene ocupado sumando riquezas a través de sus numerosas empresas y mansiones. En gran medida su poderío personal está en el hecho de apoderarse impunemente de los valiosos recursos naturales de otros, como ha ocurrido con el petróleo de Venezuela, mientras el presidente Nicolás Maduro permanece secuestrado en una cárcel de Nueva York desde el primer sábado de este año.

En Chile, más que el crimen organizado, la preocupación principal está constituida por diversas necesidades sociales de las clases populares. Estas no tienen conocimiento del mencionado Escudo yanqui, sino que les interesa contar con una vivienda decente y un empleo digno, urgencias indispensables que vuelven a ser postergadas.

Trump tiene hoy en la mira a Cuba, prepara su invasión y en las Naciones Unidas anticipó que “la libertad llegará muy pronto allí”. Mientras prolonga la guerra con Irán, se solaza haciendo advertencias y amenazas por doquier, asegura al mismo tiempo que merece el Premio Nobel de la Paz.

A estas alturas el pueblo chileno requiere claramente de un escudo, pero contra la desigualdad, la exclusión y la discriminación, y en lo inmediato, contra el desempleo. Millones de hombres y mujeres lo esperan con ansias.

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