24 de septiembre de 2026 20:56
  • Sergio Velasco de la Cerda, ex diputado

El tradicional Te Deum de 2026, oficiado por el arzobispo de Santiago, cardenal Fernando Chomalí, en el 216.º aniversario de la Primera Junta Nacional de Gobierno, fue una ceremonia cargada de simbolismo. Ante las máximas autoridades del país, su homilía no recurrió a la estridencia. Tampoco eludió los problemas que hoy hieren a Chile.

Chomalí habló con la serenidad de quien sabe que callar también puede convertirse en una forma de complicidad. Su intervención confirmó el papel que, poco a poco, ha asumido en la vida pública: ser una voz moral capaz de interpelar al poder y de recordar la situación de quienes rara vez son escuchados.

Sus palabras fueron recibidas con atención y respeto. Pero el valor de una homilía no se mide por el silencio protocolar de quienes la escuchan, sino por su capacidad para provocar decisiones. El mensaje alcanzó al conjunto de las instituciones: al Ejecutivo, al Congreso, al Poder Judicial, al empresariado y también a una sociedad que se ha acostumbrado demasiado a convivir con abusos que antes habrían provocado indignación.

La corrupción ocupó un lugar central. El cardenal la definió como «el mal de todos los males» y como un cáncer que corroe los cimientos de la sociedad. No se trata solamente de dinero sustraído o de funcionarios que traicionan la confianza pública. Cuando la corrupción se normaliza, debilita las instituciones, destruye la igualdad ante la ley y abre espacio al crimen organizado, al narcotráfico y a la trata de personas. En ese terreno, nadie puede considerarse completamente ajeno ni a salvo de la reprimenda.

También estuvo presente la crisis del empleo. La desocupación nacional alcanza el 9,5 % y supera los dos dígitos en algunas regiones. Detrás de esas cifras hay cerca de un millón de personas enfrentadas a la incertidumbre, con especial impacto en las mujeres y los jóvenes. La falta de trabajo no convierte automáticamente a nadie en delincuente, pero la precariedad prolongada, el abandono institucional y la ausencia de oportunidades crean un terreno fértil para que las redes criminales recluten y exploten a quienes han quedado al margen.

Por eso adquiere fuerza una de las ideas principales de la homilía: la mejor política social comienza por garantizar las condiciones para un empleo formal y digno. No basta con prometer crecimiento si sus beneficios no llegan a las familias ni con exhibir cifras macroeconómicas mientras miles de jóvenes no encuentran un lugar en su propio país.

La baja natalidad y el envejecimiento de la población constituyen otra señal de alarma. Muchas personas no renuncian a tener hijos por indiferencia, sino porque carecen de vivienda, estabilidad laboral y seguridad económica. El dilema entre familia y trabajo no debiera existir; tampoco el dilema entre tener hijos y conservar un empleo. Estado y empleadores tienen aquí una responsabilidad compartida que no puede agotarse en discursos.

Chile pierde además una reserva valiosa de profesionales y trabajadores calificados que emigran porque no encuentran en su patria condiciones dignas para desarrollarse y formar una familia. Esa salida no es únicamente una decisión individual: revela una falla colectiva y una incapacidad persistente para ofrecer futuro.

La homilía recogió también la advertencia de la encíclica Magnifica Humanitas, del Papa León XIV, frente al avance tecnológico. La inteligencia artificial no es neutral y debe permanecer subordinada a la dignidad humana y al bien común. El progreso técnico pierde legitimidad cuando reemplaza trabajadores sin protección, concentra el poder en pocas manos o expone a niños y jóvenes a nuevas formas de manipulación.

Chomalí abogó por los inmigrantes y reclamó justicia, vivienda, salud, educación pública, sala cuna universal y bienestar para las personas mayores. Su opción prioritaria por quienes sufren mayor pobreza devuelve a la Iglesia una función que nunca debió abandonar: incomodar a los poderosos y acompañar a quienes viven en los márgenes.

Sin embargo, una voz moral no reemplaza a la política pública ni exime a la propia Iglesia de revisar sus responsabilidades. La homilía puede señalar el camino, pero corresponde a las autoridades transformar sus palabras en acuerdos, leyes, presupuestos y conductas concretas. De otro modo, incluso el mensaje más valiente corre el riesgo de convertirse en una pieza más del ceremonial republicano.

El alma de Chile está herida. Sanarla exige verdad, justicia, trabajo digno y una voluntad real de encuentro. La esperanza no consiste en negar la gravedad del presente, sino en asumir que todavía es posible corregir el rumbo. Que esta homilía no se la lleve el viento.

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