- Hugo Alcayaga Brisso, periodista
La opinión pública se muestra sorprendida y desconcertada luego de las palabras del presidente Kast que con naturalidad quiere negar la realidad y trata de aparentar que nunca hubo en Chile una sangrienta dictadura militar-empresarial que asesinó a más de 5 mil compatriotas, incluyendo una elevada cifra de detenidos desaparecidos cuyos restos nunca han podido ser encontrados.
Junto con ello se registraron miles y miles de casos de perseguidos, apresados, secuestrados, encarcelados, torturados y exiliados, y se sabe de rostros emblemáticos de la política nacional que con suerte lograron evadir el cerco tendido en su contra y con aspecto distinto y camuflados consiguieron salir a tiempo del país evitando una muerte segura.
La inmensa mayoría de las víctimas fue gente modesta que pensaba distinto a la patota de generales y almirantes golpistas, que rechazaba la instalación por la fuerza de un régimen antidemocrático y no afectaba el derrocamiento de un gobierno constitucional liderado por el médico socialista Salvador Allende de impecable trayectoria en favor del pueblo y la clase trabajadora.
Allende y la democracia resistieron hasta donde pudieron en La Moneda, que fue bombardeada por tierra y aire. Luego de la muerte del presidente constitucional vinieron 17 años de horror, marcados por un afán violentista demencial, un odio inexplicable contra la ciudadanía indefensa y un insólito ensañamiento contra las clases populares que estremecieron no solo a todo el país, sino que al mundo entero.
Por eso llama la atención que todo ello sea pasado por alto y quisiera ser ignorado con propósitos ideológicos. En su primera cadena nacional de radio y televisión, en marzo pasado, el mandatario se refirió a que su administración estaba gobernando en medio de “niveles de violencia que no se habían conocido”. Sin duda omitió el periodo comprendido entre el 11 de septiembre de 1973 y el 11 de marzo de 1990.
A raíz de los episodios vividos por dos ministras de estado en universidades de Valdivia y Valparaíso, el gobernante habló de una “violencia inédita”. No mencionó el hecho de que durante estas protestas no hubo muertos, ni fusilados ni torturados, como la época negra del pasado reciente.
Una instancia más próxima como fue el estallido social de 2019, multitudinaria expresión popular que esperó largo tiempo, fue también cuestionada por Kast. A fines de abril el presidente encabezó la reinauguración del Café Literario de Providencia, dañado por el paso de participantes del estallido, y aseguró que “la violencia irracional no va a ganar”.
Lo irracional, en realidad, en esos días de marchas de las muchedumbres de pobres, desposeídos y frustrados, contra el modelo y la Constitución, fue la violenta respuesta de las fuerzas represivas de carabineros. Hubo 30 víctimas fatales entre los manifestantes y ninguna baja entre el personal uniformado que se limitó a disparar y luego alegó inocencia.
Los proyectiles disparados al rostro de las personas dejaron a dos de ellas con ceguera total y más de 400 con pérdida de uno de sus ojos, otras tantas con heridas y contusiones, lesiones múltiples, etc.
El mandatario ha reiterado su rechazo ante la violencia y los violentistas con motivo de la toma de establecimientos educacionales. Los estudiantes se movilizan por la pérdida de beneficios en el ámbito educacional, y no han ido más allá.
Queda claro que el gobernante ve con facilidad la violencia de estos días, principalmente a nivel estudiantil y que equivale a la protesta social, pero rehúsa admitir la violencia ocurrida años atrás traducida en muerte, dolor y destrucción. En este caso el negacionismo es total lo que la ciudadanía no entiende ni justifica.
El negacionismo es el único argumento de Kast para desmantelar el plan de búsqueda de desaparecidos, en tanto se apronta a indultar a quienes perpetraron esos graves delitos. Esto sí que eran desconocidos en Chile, porque fueron cometidos con un sadismo que no se explica y que lloran hasta ahora muchas familias afectadas.
Medidas de este tipo en materia de derechos humanos – además de la delicada situación económica de las mayorías – son las que producen el diario retroceso de este gobierno en todas las encuestas de opinión pública. Además, cualquiera sabe que no se puede tratar de tapar el sol con un dedo, que es lo que se pretende hoy desde La Moneda.