19 de abril de 2026 22:03
  • Hugo Alcayaga Brisso, periodista

En momentos en que la historia política de Chile ha dado un inesperado paso atrás, la democracia ha sufrido un imprevisto retroceso – que sin duda será ocasional – y un régimen pinochetista se apresta a instalarse en La Moneda, se han cumplido 50 años de la creación de la Vicaría de la Solidaridad que tendió la mano a las víctimas de los miles y miles de casos de violación de los derechos humanos durante la dictadura.

Es un aniversario de medio siglo y de profundo significado porque este organismo nació y se estructuró en las peores circunstancias, cuando el odio golpista había oscurecido el país y cada día se producía la muerte de infortunados chilenos asesinados en los cuarteles militares, eran ejecutados en la vía pública, otros desaparecían sin dejar rastros y la población vivía en un estado permanente de angustia y pavor.

Tras el derrocamiento del presidente constitucional Salvador Allende y el gobierno de la Unidad Popular, en septiembre de 1973, en Chile fueron borradas la democracia y las instituciones republicanas, clausurados el Congreso Nacional y los partidos políticos, prohibidos los gremios y los sindicatos, y solo se respiraba el aire descompuesto del genocidio, el terrorismo de Estado y la implacable persecución de aquellos que pensaban distinto al cuerpo de generales y almirantes.

Los organismos internacionales condenaban desde el exterior la brutalidad y el ensañamiento de las brigadas de la muerte que actuaban a las órdenes de la llamada “junta de gobierno”, pero estaban imposibilitados en términos concretos para actuar en favor de las víctimas y sus familiares que no tenían dónde acudir en búsqueda de información, auxilio y protección.

Inmediatamente después del golpe el cardenal Raúl Silva Henríquez se mostró muy afectado. En sus primeras palabras luego del “11” y lo que empezaba a vislumbrarse, señaló que “nos duele inmensamente y nos oprime la sangre que ha enrojecido nuestras calles, nuestras poblaciones, nuestras fábricas, y las lágrimas de tantas mujeres y tantos niños”.

“Nosotros supimos desde el primer momento que debíamos estar al lado de las víctimas”, dijo el cardenal. En ese tiempo sumaban todos los días las personas asesinadas, ejecutadas o desaparecidas. Otros caían bajo la llamada “ley de fuga” y muchos eran sometidos a despiadadas torturas en los cuarteles castrenses, en tanto eran buscados infructuosamente por sus familias que no tenían dónde recurrir para lograr información o hacer la denuncia pertinente porque los tribunales presionados miraban hacia otro lado.

Para salvaguardar la vida humana el 4 de octubre del 73 se creó el “Comité Pro Paz”, que fue la primera voz que se levantó contra la tiranía. Por eso este comité que representaba una inesperada contraposición a los dictados de la junta no soportó las presiones ejercidas por los militares en su contra, y se diluyó y terminó desapareciendo a fines del año 75.

Por eso el cardenal Silva Henríquez tomó medidas inmediatas, porque no se podía dejar a muchos en la orfandad. Ante la irritación de las autoridades militares la vicaría entró en funciones en enero de 1976, con una luz de esperanza de numerosos compatriotas desesperados frente a un desastre que se acentuaba.

En esas condiciones adversas se desarrolló durante años un amplio trabajo desplegado por un equipo de abogados y funcionarios expertos. Esa labor fue necesaria, en estrecho contacto junto a distintas familias e hizo posible que no se acrecentara más aún la larga lista de muertos y desaparecidos.

La Vicaría publicó listas de detenidos desaparecidos por 383 casos en octubre de 1976, y por otros 618 casos en mayo del 78. Junto con fotografías de los desaparecidos se agregaba la pregunta “¿Dónde están?”, la cual nunca fue respondida por las autoridades pertinentes. En total, quienes desaparecieron de un día para otro en el régimen pinochetista superan los 1.200, cifra que forma parte de las más de 5.000 víctimas fatales que hubo en la dictadura.

Las denuncias por las reiteradas violaciones de los derechos humanos constituyeron por largos años prioridad central de la Vicaría allí se incluyen los arrestos individuales y masivos en Santiago y regiones, como asimismo los métodos de torturas físicas y psicológicas que quebrantaron a tantos compatriotas. En las detenciones individuales se multiplicaron los casos de torturas en recintos secretos.

El Poder Judicial rechazó miles de recursos presentados en favor de quienes caían detenidos. Solo al cabo de 17 años de terror Chile consiguió despertar de tan tenebrosa pesadilla.

En esta fecha y en este significativo aniversario la ciudadanía recuerda con emoción y rinde homenaje a quienes posibilitaron la labor de la Vicaría, paladín de los derechos humanos en la época más sórdida y más ruin de la historia de Chile.

Para el pueblo sería muy penoso que en algún momento volvieran a repetirse en el país situaciones que determinaran la presencia y los servicios de organismos tan necesarios como fue la memorable Vicaría de la Solidaridad.

 

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