- Hugo Alcayaga Brisso, periodista
De repente en el verano se ha producido un hecho político y socioeconómico largamente esperado pero demorado más de la cuenta: el término de la coalición de partidos que sustentaron el gobierno del presidente Boric, en la cual convivieron durante cuatro años las dos almas del oficialismo muchas veces contra su voluntad a causa de sus marcadas diferencias.
Ello no permitirá a la nueva oposición unidad a partir de marzo, cuando haya que enfrentar al régimen pinochetista que se apronta a instalarse en La Moneda tras ganar las elecciones presidenciales por dos millones de votos, pero hay por delante un amplio panorama que debe ser aprovechado convenientemente.
Aunque Boric ha formulado reiterados llamados unitarios la crisis oficialista debe ser el punto de partida para que la Izquierda definitivamente tome el papel de avanzada que le corresponde y asumir el rol que reclaman las grandes mayorías, cual es desprenderse del lastre que significan los partidos de la ex Concertación y comenzar a transitar por un camino propio que acentúe su identidad con el pueblo, la clase trabajadora y los movimientos sociales.
La lejanía de todo aquello se tradujo en el estancamiento de la actual administración en temas vitales. Se mantiene la misma Constitución militar del siglo pasado, todavía rige el modelo neoliberal que acrecienta las desigualdades en favor de una minoría adinerada y el mercado operado por unos pocos se impone al Estado que es de todos.
Lo anterior origina los problemas que angustian a diario a la gente sin recursos. Pese a las estadísticas oficiales, hay muchos que no logran salir de la pobreza, la delincuencia se da un festín, no se crean puestos de trabajo, no hay oportunidades y lo único que aumentan son los despidos, los cesantes, los deudores y el número de chilenos que deben ejercer el comercio ambulante y vivir en campamentos de tránsito como única alternativa.
Pareciera a estas alturas que la actividad sindical está a la baja y que las organizaciones de pobladores no existen, las federaciones de estudiantes están de vacaciones y la generación de jóvenes ni-ni no saca la voz. Los desempleados y endeudados también permanecen en silencio, sin que nadie atine a agilizar una solución a sus penurias.
La segunda vuelta presidencial se perdió categóricamente porque hay quienes tienen mala memoria o no saben lo ocurrido durante la dictadura, principalmente por la deficiente conducción de la campaña a cargo del Socialismo Democrático. No podía esperarse otra cosa de un comando que fue encabezado por un empresario portuario hijo de un ministro de la dictadura, a quién las necesidades del pueblo no le interesan en lo más mínimo.
Sin asumir responsabilidades en el desastroso resultado del 14 de diciembre, el Partido Socialista fue el primero en tirar el mantel. El PS lidera el movimiento Socialismo Democrático, que cuenta también con el PPD, los liberales, los radicales y otras agrupaciones minoritarias en extinción, que no gravitan en el acontecer nacional. Es la “centro izquierda”, cercana a la centro derecha.
Los socialistas recurrieron a una excusa para terminar con el conglomerado gubernamental. Esta se refiere a las críticas por haber apoyado la ley Nain Retamal, que fue la base para que la justicia declarara inocente al carabinero Crespo, que se ocultó en la “legítima defensa” para disparar en el rostro durante el estallido social y ocasionar la ceguera total del entonces estudiante Gustavo Gatica, hoy diputado electo.
El Socialismo Democrático y lo que queda de la Democracia Cristiana sellaron su eje propio, porque no quieren saber nada de cambios ni de transformaciones ni de refundaciones. Están satisfechos con la constitución, el modelo y el mercado y no se descansa que su acercamiento los transforme en colaboradores del régimen pinochetista que se apresta a asumir.
Al cabo de 4 años de convivencia forzada, desde el Frente Amplio han surgido voces que critican fuertemente a esos sectores conservadores que no quieren unidad para combatir al pinochetismo que llega a La Moneda. Las cifras apuntan a esos sectores calificados como fuerzas en declive y con riesgo de caer en la irrelevancia.
La Izquierda no gobierna en Chile desde septiembre de 1973, cuando el odio de los poderosos hacia el pueblo derribó al presidente Allende y a la Unidad Popular que cada día en favor de sus trabajadores y sus familias. Lo más cercano que ha habido después es la actual administración del presidente Boric, anulado en su programa desde sus comienzos por partidos que practican la demagogia.
Hoy en el país la Izquierda está constituida por el Frente Amplio y el Partido Comunista que tienen a su lado al allendismo independiente y las multitudes que dan vida a los movimientos sociales. Su aporte es fundamental para evitar que la ciudadanía pierda derechos, para que las urgencias populares sean consideradas y para dar la lucha por un sistema igualitario y participativo.
En este tiempo de temores e inseguridades para el pueblo, a partir de marzo se espera que las fuerzas izquierdistas vuelvan a convertirse en protagonistas de la democracia y la justicia social en Chile.