25 de marzo de 2026 20:05
  • Manuel Tobar Leiva, presidente del Centro de Estudios Regionales

Vivimos en una época que habla constantemente de felicidad. Se elaboran rankings, se comparan países, se diseñan políticas públicas para mejorar el bienestar. Y, sin embargo, hay una palabra que casi ha desaparecido del lenguaje público: la bondad.

No porque no exista, sino porque no se mide. La bondad no cabe fácilmente en estadísticas. No siempre es visible, no siempre es reconocida y, muchas veces, ni siquiera es noticia. Mientras el crimen ocupa portadas, los actos buenos suelen ocurrir en silencio.

Pero la historia humana desmiente cualquier intento de ignorarla. En los momentos más oscuros, han surgido personas capaces de arriesgarlo todo por otros. No por fama, no por cálculo, sino por una convicción profunda: que el bien debe ser realizado, incluso cuando todo parece negarlo.

Estas vidas ejemplares cumplen una función que va más allá de lo individual. Son referencias morales. Nos recuerdan que la condición humana no está determinada únicamente por el interés o la violencia, sino también por la capacidad de cuidar, proteger y actuar con justicia.

Cuando los medios de comunicación privilegian lo negativo, no solo informan: también moldean percepciones. Y una sociedad que se percibe a sí misma como degradada tiende a comportarse de acuerdo con esa imagen. El resultado puede ser el cinismo o el nihilismo.

Por eso, recuperar la bondad como categoría pública no es ingenuidad; es una necesidad cultural. No se trata de ocultar el mal, sino de equilibrar el relato. De volver a mostrar que el bien no es excepcional, sino posible.

Porque, en el fondo, ninguna sociedad puede sostener su felicidad si pierde de vista aquello que la hace verdaderamente humana: la bondad.

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