- Hugo Alcayaga Brisso, periodista
Aun con sus yerros, sus drásticas contradicciones de un día para otro y su programa insuficiente para las grandes mayorías porque en su elaboración se dejó de lado a la Izquierda y los movimientos sociales, Jeannette Jara aparece como el “mal menor” de la segunda vuelta presidencial por cuanto es la única posibilidad de evitar el triunfo de la extrema derecha pinochetista que sería una hecatombe para el pueblo.
Años atrás el “mal menor” ya estuvo presente en la historia de Chile, cuando al cabo de un interminable tiempo de muerte y de horror asomó la coalición de partidos de centro llamada Concertación en momentos en que la Izquierda se hallaba destruida por la acción criminal de la dictadura y había que recuperar el tejido social destrozado por el golpismo sustentado por el poder del dinero que hoy, en distintas circunstancias, sigue imponiéndose sin contrapeso e impidiendo que la gente modesta llegue a su desarrollo pleno.
El nombre de Jeannette Jara encabezando una coalición de “centro Izquierda” alcanza hoy especial relevancia porque su llegada a La Moneda constituiría la continuidad de la senda democrática del actual gobierno de Gabriel Boric, que aunque no cumplió la agenda gubernamental anunciada ha sido el primer mandatario de la post dictadura en reconocer en su justa medida los objetivos revolucionarios y la impecable trayectoria del presidente socialista Salvador Allende y en liderar un conjunto de políticas públicas en favor de las víctimas de la tiranía militar.
En el marco de cifras adversas ratificadas por las encuestas de opinión pública las clases populares se disponen a apoyar electoralmente a la candidata del progresismo y ex ministra del Trabajo, a pesar de que lamentan que en la campaña se haya desperdiciado un tiempo irrecuperable para desenmascarar al pinochetismo que está tras el abanderado de la extrema derecha y que a diario atenta en forma ominosa contra Chile y su gente modesta.
La dictadura terminó hace 35 años pero ello no ha sido suficiente para aclarar y sancionar los miles de casos de violaciones a los derechos humanos y se mantiene su infame legado contra el bienestar y desarrollo de la ciudadanía, en la medida que persiste un injusto sistema de desigualdades, discriminación y exclusión que es sustentado por la oligarquía, los superricos, los grandes grupos empresariales y los que alientan la concentración económica. En la campaña nadie se acordó de ello.
El legado pinochetista antipopular se manifiesta a través de la Constitución militar de 1980, el modelo neoliberal que acrecienta las diferencias entre los chilenos y el mercado operado por una minoría adinerada que se sobrepone al papel rector del Estado. Está claro que en Chile prevalece el poder del dinero de unos pocos, cuya mezquindad no tiene límites, lo que fue pasado por alto en los recientes debates.
Todo ello convierte a Chile en un país donde las mayorías viven atribuladas por la miseria, el desempleo y el endeudamiento. Faltan oportunidades, no hay trabajo estable y muchas familias carecen de casa propia. La dictadura dejó severas calamidades sociales y económicas, que resaltan porque los herederos políticos del tirano obstruyen la construcción de una democracia real.
En este escenario los candidatos Jara y Kast llegan al balotaje del domingo 14 de este mes. Kast lo hace en calidad de favorito, al sumar los votos de las tres candidaturas de extrema derecha que participaron en los comicios de noviembre pasado. De su actividad política, incluso como parlamentario, no hay nada significativo para la ciudadanía que destacar.
Jara mantiene en alto las aspiraciones democráticas que apuntan a un Chile justo, solidario y participativo. Es también la demanda de millones de compatriotas postergados, muchos de ellos sin vivienda y sin empleo estable, con precariedad en el trabajo y muy limitadas perspectivas por delante porque este país parece estancado, en el que no existe la justicia social y en que el proceso inflacionario es lo único que se acrecienta y se instala a la altura de las nubes.
Poco o nada van en ayuda de la candidata los integrantes de su comando, de clara tendencia social demócrata, enemigos de los cambios profundos y lejos de la realidad. Cuando tras las elecciones de noviembre se creía que podría haber modificaciones en el comando oficialista, todo se mantuvo en un círculo conservador: ingresaron viejos estandartes de la desaparecida Concertación, que nunca ganaron nada en ninguna parte, en edad de jubilar y marcados por el signo de la derrota.
Tampoco la candidata Jara puede esperar que ideas o propuestas de candidatos que vienen de perder vayan a convertirse en algún aporte en su propia agenda de trabajo. En tal sentido hay que buscar más de cerca, porque en el movimiento “No más AFP” y en el estallido social hubo multitudinarias manifestaciones en que el pueblo planteó claramente sus urgencias sin que para ellas haya habido solución alguna, y al insistir no se advierte nada más que represión y violencia en su contra.
Constituye un factor más de incertidumbre la posición que tendrán quienes votaron por Parisi, la tercera mayoría nacional. El Partido de la Gente hizo una consulta en que el 78% se manifestó por votar en la segunda vuelta nulo o en blanco. Sin embargo, este partido tiene no más de 30 mil militantes, en circunstancias que Parisi logró sumar casi 2 millones y medio de electores.
Jeannette Jara ha declarado en vísperas del balotaje que no es heredera de Boric ni de Bachelet. Lo que sí es necesario es que ella sea representante de las grandes luchas de la clase trabajadora y el movimiento popular que buscan los mejores valores democráticos, como la igualdad, la inclusión y la solidaridad.
En este país desinformado, sin un solo medio de comunicación a su favor, sin Izquierda ni fuerzas sociales, sin un programa gubernamental como el que requieren las grandes mayorías, esta candidatura tiene por delante una difícil tarea que hay que afrontar con convicción, voluntad y decisión.
Lo principal es evitar la instalación en La Moneda de la ultraderecha pinochetista, porque significaría un desastre para millones y millones de pobres y menos pobres, y un franco retroceso en la democratización del país.