- Christian Lucero, abogado
Hay decisiones en la vida que parecen pequeñas, casi invisibles en el día a día. Un gesto repetido, una pausa breve, un hábito que se instala con los años hasta volverse parte del paisaje cotidiano. El cigarrillo suele ser una de esas decisiones.
Muchas veces se enciende sin pensar demasiado: después de comer, con un café, en un momento de cansancio o de conversación. Con el tiempo deja de percibirse como una elección y pasa a sentirse como algo natural, casi inevitable. Pero en realidad nunca deja de ser lo que es: algo que el cuerpo paga lentamente.
El problema del cigarrillo no es solo lo que hace en un día, sino lo que hace con los años. Va quitando aire sin que uno lo note. Va cansando al cuerpo de forma silenciosa. Va robando pequeños pedazos de energía, de respiración, de salud. Y muchas veces cuando uno se da cuenta, el daño ya empezó a instalarse.
Pero también es cierto algo que a veces se olvida: el cuerpo humano tiene una enorme capacidad de recuperación.
Cuando una persona deja de fumar, el organismo empieza a repararse casi de inmediato. En pocas semanas mejora la respiración, en algunos meses mejora la circulación, y con el tiempo el riesgo de muchas enfermedades comienza a disminuir. Incluso después de décadas de fumar, dejar el cigarrillo sigue siendo una de las mejores decisiones que una persona puede tomar por su propia vida.
No se trata de reproches ni de culpas. Nadie fuma porque quiera enfermarse. Muchas veces se fuma por costumbre, por ansiedad, por acompañamiento, por esos pequeños momentos de pausa que el cigarro parece ofrecer. Pero el tiempo pasa, y llega un momento en que la pregunta cambia.
Ya no es “¿por qué dejarlo?”, sino algo mucho más simple: ¿Cuánto vale la salud que todavía tenemos?
A los sesenta años la vida sigue siendo vida. Todavía quedan muchos años para disfrutar a la familia, conversar sin cansarse, caminar con tranquilidad, reír con los hijos y con los nietos que algún día vendrán. Cada uno de esos años merece ser vivido con la mayor libertad posible, y la respiración —algo tan básico— es parte de esa libertad.
Dejar de fumar no es fácil, pero miles de personas lo han logrado después de décadas. No se necesita perfección, solo una decisión: intentarlo. Un día sin cigarrillo puede parecer pequeño, pero a veces los cambios grandes comienzan exactamente así.
Tal vez el cigarrillo ha acompañado muchos momentos de la vida. Pero no tiene por qué acompañar todos los que vienen.
Porque la salud, el aire y el tiempo que todavía queda por vivir valen infinitamente más que cualquier hábito.