- Falleció un Viernes Santo en los brazos de su ama, provocando un dolor familiar
De duelo está nuevamente la familia Gutiérrez Moraga, de Recreo, porque una de sus mascotas puso fin a su existencia justamente el pasado Viernes Santo.
Se trata del conocido ejemplar “Huachiturro Café”, que llegó de pocos días procedente de Longaví junto a su hermano el “Huachiturro Negro”, que falleció hace dos años y a quienes iban a botar al río.
Ambos se caracterizaron por ser amantes de la calle, pero en el caso de “Huachiturro Café”, este no regresaba a dormir y le gustaba pernoctar en cualquier parte e incluso afuera de las puertas del hogar de sus amos.
Una de sus características era acompañar a los dueños de casa cuando salían de compras, llegando incluso hasta el Paradero de Caleta Abarca, ya que una vez que ellos tomaban el bus, regresaba por Roma, Portales y Habana hasta las afueras del hogar sin ningún problema. Conocía todas las calles de Recreo en torno al cementerio parroquial.
Incluso cuando alguien de esta familia salía a pie en dirección hasta el plan de Viña del Mar, los acompañaba hasta la misma plaza, desde donde regresaba sin problemas, una vez que comprobaba que no podía ingresar a los locales comerciales.
Incluso para la familia era un problema cuando concurrían a un oficio religioso en la Parroquia de los Capuchinos, ya que también ingresaba como un ferviente creyente.
Le gustaba la calle, pero no era conflictivo. Le agradaba socializar con los restantes perros amantes de las vías y nunca los atacaba. Incluso cuando los perros más agresivos se le iban encima “Huachiturro Café”, se rendía fácilmente ya que se tendía de espaldas y levantaba sus patas al cielo en señal de que no quería pelear con nadie.
Pasaban semanas en que no quería entrar a la casa, y solo lo hacía cuando tenía que tomar agua o comer algún alimento, pero rápidamente estaba atento cuando se abría la puerta de la calle para escapar.
A veces se colocaba en la vereda del frente de la casa de sus amos para ver el momento en que abrirían la puerta principal, pero solo ingresaba para tranquilizar a su familia y descansar.
Era tan callejero que se daba el lujo de circular por la calle, especialmente por Habana y en la intersección con Diego Portales atravesaba la calle, a paso lento obligando a los conductores de los autos e incluso de las micros a reducir la velocidad porque iba don “Huachiturro Café”, que era admirando por otros vecinos, dado el desplante para dominar las calles. Nunca fue atropellado, porque se sabía que por ahí andaba este ejemplar a todas sus anchas y como era grande era notorio su andar ya que su curiosidad eran las bolsas de basura. Algunas de ellas eran abiertas para sacar alimentos en desuso lo que obligó a sus amos, a retenerlo por varios días en el hogar, pero siempre estaba atento cuando sacaban el auto para arrancarse y perderse en la calle.
La abuela Julia que en esos momentos estaba con vida y al ver que no regresaba, se daba el tiempo, incluso de madrugada para recorrer las calles próximas en su búsqueda, para reingresarlo, lo que muchas veces lograba pero en otras este escapaba en diversas direcciones hasta perderse.
Esa afición por revisar las bolsas en la calle y comer por los alimentos en mal estado le pasó la cuenta, ya que empezó a sentirse mal del estómago e incluso hubo que operarlo hace dos años de un tumor en el ano, pero pasado el tiempo de recuperación volvió a sus andanzas.
Paulatinamente empezó a decaer, ya que tenía 15 años y en las noches regresaba temprano al hogar para descansar y reponerse para el día siguiente.
Incluso perdió parte del pelaje en el lomo, adquiriendo un color negro que resaltaba cerca de la cola. Los niños que regresaban por calle Habana de la Escuela Balmaceda se reían de él por ese manchón y lo llamaban “el pelao” y unos a otros se preguntaban “mira el color que tiene” y otros más agresivos replicaban “el negro pa’ feo”. “Huachiturro Café” se movía entre los estudiantes y pasaba de largo ya que estaba más preocupado de las bolsas y tiestos de basura, sin necesidad de hacerlo ya que en su propia casa, agua fresca y alimentación, pero su vida era la libertad que la encontraba en la calle.
En los días anteriores de su muerte, sus amos notaron que estaba enfermo.
Un día domingo no se podía parar y la dueña de casa lloró junto a él pensando que se iba a morir, ya que estaba tendido con sus patitas estiradas sin poder moverse y una respiración discontinua. Este anuncio sirvió para alertarnos de que a lo mejor al día siguiente iba estar sin vida y se llamó a veterinario a domicilio el que lo controló, recetó remedios y solicitó exámenes de sangre. Cuando vino el doctor al día siguiente a hacerle los exámenes seguía muy decaído y su mamá decidió que ya era hora de hacerle la eutanasia para que tuviera una muerte digna. El veterinario fue a buscar el instrumental respectivo al auto y para sorpresa “Huachiturro Café” se paró, bajó las gradas donde tenía su casita y fue a buscar un resto de pan que había enterrado en el patio. Este hecho sorprendió tanto al veterinario como a la dueña de casa, postergándose la decisión de aplicarle la inyección requerida, demostrando que “Huachiturro Café” estaba más vivo que antes, ya que se veía animoso y que quería seguir viviendo. Movía la cola y buscando algo en que ocuparse.
Esta postergación se proyectó además con el reforzamiento de alimentos sanos que surtieron efectos, pero inesperadamente decayó el jueves pasado en la noche y el Viernes Santo la situación se agravó en la mañana. La dueña de casa se acercó a él, se recostó a un costado de su cama donde reposaba, rezó el rosario y pronunció oraciones de despedida. Lo acarició reiteradamente, hasta que “Huachiturro Café”, dejó caer su cabeza sobre la falda de Mónica, la dueña de casa, y la miró por última vez demostrando su amor hacia ella, y así anunciar su partida, que fue con mucho cariño y sin mayor dolor, en un silencio estremecedor, que provocó el llanto de su ama, quien anunció su partida en paz”.
