- Hugo Alcayaga Brisso, periodista
Aunque algunos quisieran que la fecha pasara inadvertida y a pesar de que en la prensa oligárquica no hubo ninguna nota especial, este mes se cumplieron 55 años de la nacionalización del cobre: el histórico acontecimiento ocurrió el 11 de julio de 1971, durante el gobierno de la Unidad Popular encabezado por el presidente socialista Salvador Allende.
Se trata de la noticia económica más relevante en los más de 200 años del Chile independiente, registrada en circunstancias que ante la admiración mundial el país transitaba con paso firme a cambios estructurales que apuntaban a mejores condiciones de vida y un mayor bienestar general y desarrollo para las clases populares.
Fue una significativa expresión de soberanía nacional, inédita hasta entonces, cuando el gobierno allendista en una medida de extraordinario coraje tras el pago de una indemnización justa arrebató el metal rojo producido en Chile a manos extranjeras como eran las compañías norteamericanas Anaconda, Kennecott y Cerro Corporation que lo explotaban en su propio beneficio impune y abusivamente.
Junto con la decidida manifestación de soberanía era también el inicio de la segunda independencia de Chile, la económica, marcada por valores insustituibles como la igualdad, la justicia social, la participación y la solidaridad, que permanecían ausentes.
El principal producto de exportación del país se hallaba en la agenda de Allende desde sus primeras campañas presidenciales, en que fue derrotado. En los albores de su breve periodo en La Moneda, el Ejecutivo pudo concretar la nacionalización para favorecer al pueblo y la clase trabajadora.
Por unanimidad en el Congreso y tras una reforma constitucional, todos los sectores políticos votaron en favor de este clamor de los chilenos. Era una necesidad nacional requerida insistentemente por las mayorías empobrecidas por el capitalismo y sin otra posibilidad de salir de sus precarias condiciones. Las exportaciones estaban destinadas a financiar la nueva sociedad y los programas sociales que se ponían en marcha.
Al promulgar la ley que nacionalizó la gran minería del cobre, en la plaza de Rancagua, el presidente expresó: “Aquí está la imagen de O’Higgins y aquí podemos decirle al padre de la patria que somos sus legítimos herederos; fue el pueblo el que ganó esta batalla de la independencia y la dignidad nacional. Compañeros mineros, debo recordarles que, así como la tierra es el pan, el cobre es el sueldo de Chile”.
Transcurridos los años, el panorama es desolador. Tras el golpe militar, la muerte de Allende y la dictadura, el país fue desfigurado. Con la intromisión del pinochetismo la principal conquista económica y social del pueblo inició su involución. Increíblemente la desnacionalización del cobre se concretó en la época de la Concertación, que dejó al Estado con la propiedad de solo un 28%.
La mayor parte fue privatizada y permanece en manos de consorcios transnacionales que operan bajo un sinnúmero de nombres de fantasías y que cada año obtienen fabulosas utilidades. A su favor está la figura del royalty y la invariabilidad tributaria casi a perpetuidad que introdujo un presidente concertacionista de quien no vale la pena acordarse.
Las legislaciones que permitieron el proceso privatizador unen en un todo las infamias de la pesadilla pinochetista y los gobiernos inmediatamente siguientes. Ninguno de los presidentes de la postdictadura mencionó nunca este despojo en sus mensajes al Congreso ni menos de cara al pueblo.
La Federación de Trabajadores del Cobre y los movimientos populares han señalado que: “Todos los sectores deben comprometerse con la suerte de nuestra principal riqueza. Todos tenemos que buscar alternativas para ahora renacionalizar el cobre”. Lamentablemente en el actual sistema empresarial las voces de los trabajadores y las mayorías no son escuchadas.
En el Día de la Dignidad Nacional la figura del presidente Allende, su programa revolucionario y su sacrificio por la democracia en La Moneda parecen agigantarse. Y crece también la necesidad de recuperar la vigencia de este inestimable legado histórico, que – reducido y recortado – sigue siendo el sueldo de Chile.