- Osvaldo Urrutia, consejero regional
Cada vez que un sistema frontal afecta a nuestro país, se repiten las mismas imágenes: viviendas inundadas, socavones, deslizamientos de tierra y derrumbes, quebradas desbordadas, caminos destruidos y familias evacuadas. Con frecuencia, estos hechos se atribuyen a la intensidad de las lluvias o al cambio climático. Sin embargo, la verdadera pregunta es otra: ¿están nuestras ciudades preparadas para convivir con la naturaleza o seguimos construyéndolas de espaldas a ella?
Los sistemas frontales son inevitables. Que sus consecuencias se transformen en una emergencia o en una catástrofe depende, en gran medida, de cómo hemos diseñado y construido nuestras ciudades.
Existe un principio básico del urbanismo que con demasiada frecuencia olvidamos: primero se urbaniza un terreno y después se construyen las viviendas. Urbanizar no es levantar casas; es dotar previamente al suelo de agua potable, alcantarillado, colectores de aguas lluvias, electricidad, alumbrado público, pavimentos, aceras y áreas verdes. Solo entonces un terreno está preparado para recibir viviendas.
Cuando ese orden no se respeta, el agua simplemente sigue el camino que la geografía le impone. Las quebradas recuperan su función natural, los sistemas de evacuación de aguas lluvias resultan insuficientes y la naturaleza nos recuerda que nunca debimos construir allí o hacerlo sin la urbanización adecuada.
También existe una responsabilidad institucional. Los municipios, el MINVU, el SERVIU, el MOP, Bienes Nacionales y SENAPRED tienen competencias en urbanización, infraestructura, gestión del riesgo y fiscalización. La prevención debe comenzar mucho antes de que aparezcan las primeras viviendas y no cuando el temporal ya produjo sus efectos.
Cada peso invertido en pensar nuestras ciudades con anticipación, urbanizarlas adecuadamente y prevenir riesgos evita gastar muchos más en reconstrucción, subsidios de emergencia y reparación de infraestructura. La verdadera solidaridad con quienes necesitan una vivienda consiste en ofrecerles soluciones habitacionales sobre terrenos debidamente urbanizados y seguros, no en permitir que se establezcan en zonas de riesgo.
No podemos impedir la lluvia ni modificar nuestra geografía. Lo que sí podemos hacer es pensar nuestras ciudades antes de construirlas. Las ciudades no se improvisan. Se diseñan con visión de futuro, se urbanizan correctamente y, solo entonces, se construyen respetando la geografía. Solo así la mejor política de reconstrucción seguirá siendo una buena política de prevención.