26 de junio de 2026 20:08
  • Intervención de la periodista Ximena Ceardi, en el acto de homenaje a Claudio del Solar en el Club Alemán

Hay hombres que caminan los puertos como si llevaran el mar en los bolsillos, sin apuro, mirando las cornisas y adivinando los secretos de las ventanas abiertas. Claudio del Solar era uno de ellos. Quienes compartieron con él los pasillos ruidosos de El Mercurio de Valparaíso o las redacciones intensas del plan, guardan en la retina una imagen imborrable: la de un caballero de fina estampa. Un hombre de modales perfectos y andar elegante que parecía recortado de otra época, flotando con distinción entre el humo del cigarrillo, las teclas de las viejas máquinas de escribir y el aroma a tinta fresca.

Pero no se dejen engañar por esa pulcritud de sastre. Debajo de esa fina estampa latía el corazón de un cazador de historias, un arqueólogo de la identidad porteña. Porque Claudio, aunque traía en la sangre el frío y la humedad de su sur natal, se dejó arrastrar por el magnetismo de Valparaíso hasta volverse parte de su oleaje.

Su genialidad radicó en saber mirar donde otros solo veían lo cotidiano. En los años en que se hizo cargo de la sección de Cultura de La Estrella de Valparaíso, hizo algo que para muchos parecía una locura, un contrasentido. En las páginas de un diario profundamente popular, acostumbrado al lenguaje de la calle, al pulso de los cerros y a la crónica roja, Claudio abrió una ventana a la alta vibración del espíritu. Sentó en esas páginas a los Premios Nacionales de Arte. Desmitificó la cultura formal, la sacó de los salones santiaguinos y la arrojó al Puerto, demostrando que el pescador, el estibador y la vecina del cerro eran tan dignos de leer sobre el arte mayor como cualquier académico. Él sabía que el pueblo de Valparaíso no solo sentía, sino que también pensaba en grande.

Y así como elevó lo popular a la categoría de arte, también bajó a los sótanos de la historia para rescatar nuestros mitos. Su obra más obsesiva y monumental es el reflejo de esto: aquella investigación exhaustiva, publicada en 18 capítulos magistrales, sobre la vida y muerte de Émile Dubois. Claudio no se quedó con la caricatura del criminal; investigó con el rigor de un cirujano y la pluma de un novelista decimonónico. Desarmó el mito pieza por pieza, devolviéndole al Puerto un espejo complejo de sus propias contradicciones, de sus miedos y de su mística.

Sin embargo, detrás del cronista riguroso se escondía también el místico del pueblo: el misterioso Profesor Nostradamus. Bajo ese seudónimo, Claudio se transformó en el confesor, psicólogo y consejero de una región atribulada. En su mítico espacio radiofónico «¿Qué hago, Profesor?» en Radio Portales, las líneas colapsaban. Ideó además una sección fascinante que se transformó en un clásico: el «Test del Árbol». Le pedía a sus lectores que dibujaran un árbol y se lo enviaran por correo, para luego interpretar la psicología y el momento actual de esos hombres y mujeres anónimos a través de las raíces y las hojas trazadas en un papel. Tenía un pie en el asfalto de la noticia y el otro en el alma de su gente. De hecho, fue esa agudeza popular la que lo llevó, cubriendo las noches de la Quinta Vergara, a bautizar para siempre al público del Festival de Viña como «El Monstruo». Una sola frase suya creó un mito internacional.

Pero el legado de Claudio del Solar no se quedó solo en el papel prensa ni en los micrófonos. Su mayor obra de arquitectura fue intangible y humana. En 1963, entendiendo que el periodismo del Puerto necesitaba rigor, ética y academia, se convirtió en el gran impulsor, fundador y primer director de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile, Sede Valparaíso.

En aquellas aulas, dictando la cátedra de Redacción Periodística, Claudio no solo enseñó a titular o a estructurar una crónica. Creó una mística. Sus clases eran legendarias, salpicadas de anécdotas, de calle y de ese humor fino que lo caracterizaba. Les enseñó a las primeras generaciones de periodistas de la región que el oficio se aprende leyendo mucho, pero caminando más; respetando los archivos, pero respetando aún más a las personas. Años más tarde, la dictadura intervino las universidades y desmembró aquella Sede de la Chile para transformarla en la Universidad de Valparaíso, cortando de raíz los lazos institucionales con la casa de Bello. Pero lo que el decreto militar no pudo borrar fue la herencia de Claudio. La mística ya estaba sembrada en el ADN de los profesionales de la zona; una escuela construida a imagen y semejanza de su fundador: culta, valiente, conectada con el territorio y con un profundo sentido ético.

Hoy, a cien años de su nacimiento, recorrer Valparaíso es también seguir el rastro de su tinta. Ya no están las viejas rotativas, el panorama de la prensa ha cambiado y los cafés de antes tienen otros nombres. Sin embargo, cuando la niebla baja por los cerros o cuando un viejo periodista recuerda en silencio los años dorados de las redacciones, la figura de Claudio vuelve a aparecer.

Aparece como ese caballero que nunca perdió la compostura ni la curiosidad; el hombre que nos enseñó que en Valparaíso la cultura se encuentra tanto en el lienzo de un pintor consagrado, en las páginas de apuntes de un estudiante universitario, o en las líneas de un árbol dibujado a mano por un habitante del cerro que buscaba un consejo en medio de la noche.

Claudio del Solar, el Profesor Nostradamus, el Director, el cronista, no solo reporteó la ciudad: la dotó de memoria, la vistió de gala en las páginas populares y nos dejó un estándar de lo que significa ser un periodista de raza. Un siglo después, su fina estampa sigue caminando imborrable por el plan.

En la fotografía están desde la izquierda Eddie Morales Piña, académico; Víctor Rojas Farías, moderador; Ana María Julio, poeta; Ximena Ceardi, periodista e Iván Contardo, poeta y pintor.

 

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