- Camilo García de la Barra, médico cirujano, académico en educación médica, innovación curricular, simulación e inteligencia artificial aplicada a la formación en salud. CEO de SaludTech Academy
Cada año, el Día Mundial de la Hipertensión nos recuerda una realidad que, aunque conocida, sigue siendo insuficientemente enfrentada: la presión arterial elevada continúa siendo una de las principales amenazas silenciosas para la salud de las personas y para la sostenibilidad de los sistemas sanitarios.
La hipertensión arterial no suele avisar. Muchas personas pueden vivir durante años con cifras elevadas de presión sin presentar síntomas evidentes. Sin embargo, durante ese tiempo se puede producir un daño progresivo en órganos fundamentales como el cerebro, el corazón, los riñones y las arterias. Por eso, la hipertensión no debe entenderse como una simple cifra alterada en un control médico, sino como una condición capaz de generar infartos, accidentes cerebrovasculares, insuficiencia cardíaca, enfermedad renal, discapacidad y muerte prematura.
Las cifras son elocuentes. La Organización Mundial de la Salud estima que en 2024 había alrededor de 1.400 millones de adultos de 30 a 79 años con hipertensión, lo que representa cerca de uno de cada tres adultos en ese grupo etario. Más preocupante aún: aproximadamente 600 millones de personas hipertensas desconocen su condición.
En América Latina y el Caribe, la situación también es crítica. Según la Organización Panamericana de la Salud, la hipertensión afecta al 35,4% de los adultos de 30 a 79 años. Además, el 37% de las personas hipertensas no está diagnosticada, el 15% de quienes sí están diagnosticados no recibe tratamiento, y el 47% de quienes reciben tratamiento no logra mantener su presión bajo control.
Chile no está ajeno a esta realidad. Según la Encuesta Nacional de Salud 2016-2017, citada por el Ministerio de Salud, la prevalencia de hipertensión arterial alcanza el 27,3%. La misma fuente señala que el 68,7% de las personas con hipertensión conoce su condición, el 60,0% está en tratamiento farmacológico y solo el 33,3% logra tener su presión arterial controlada.
A estas cifras de prevalencia se agregan los registros administrativos anuales del sistema de salud. El Anuario de Estadísticas de Atenciones y Recursos para la Salud 2020-2024, elaborado por DEIS/MINSAL, informa que en 2024 192.980 personas ingresaron al Programa de Salud Cardiovascular por hipertensión arterial. Esta cifra no representa el total de personas hipertensas del país, sino la morbilidad atendida registrada en el programa, lo que permite dimensionar la carga permanente que esta condición genera para la atención primaria y para el sistema sanitario.
Sin embargo, el problema no se resuelve solo aumentando controles o entregando medicamentos, aunque ambas acciones son indispensables. La hipertensión exige una mirada más amplia. No podemos seguir reduciendo la prevención a una recomendación individual aislada —“coma mejor”, “haga ejercicio”, “baje la sal”— si las personas viven en entornos que empujan en la dirección contraria.
Buena parte de la vida cotidiana favorece la enfermedad: alimentos ultraprocesados de fácil acceso, exceso de sal, sedentarismo, jornadas laborales extensas, estrés crónico, falta de sueño, barrios poco caminables, ausencia de educación alimentaria sostenida y baja cultura preventiva. En ese contexto, pedir autocuidado sin transformar los entornos resulta insuficiente.
Por eso, la hipertensión debe ser abordada como un problema clínico, pero también como un problema social, educativo, laboral y político. Se requieren políticas públicas que favorezcan ambientes alimentarios saludables, regulación efectiva de productos con exceso de sodio, fortalecimiento de la atención primaria, acceso oportuno a medicamentos, seguimiento continuo de los pacientes y estrategias comunitarias de prevención.
También se requiere que las empresas asuman un rol activo. El lugar de trabajo puede ser un espacio que enferma o un espacio que protege. Controles preventivos, pausas activas, promoción de alimentación saludable, gestión del estrés y educación cardiovascular no deberían ser iniciativas excepcionales, sino parte de una cultura laboral responsable.
La escuela también tiene un papel central. La prevención cardiovascular no debería comenzar a los 50 años, cuando ya existen daño vascular, obesidad, diabetes o hipertensión instalada. Debe comenzar en la infancia, enseñando alimentación, actividad física, autocuidado, lectura crítica del etiquetado nutricional y comprensión del impacto que los hábitos cotidianos tienen sobre la salud futura.
En las familias, el desafío es igualmente profundo. No se trata de culpabilizar a las personas, sino de recuperar prácticas protectoras: cocinar más, reducir la sal, compartir comidas menos procesadas, caminar, dormir mejor, controlar el estrés y normalizar los controles preventivos incluso cuando no hay síntomas.
El Día Mundial de la Hipertensión es importante porque visibiliza un problema enorme. Pero conmemorar no basta. La pregunta central no es solo cuántas personas tienen hipertensión, sino qué estamos haciendo como sociedad para no seguir produciendo condiciones que la favorecen.
La hipertensión arterial no es únicamente responsabilidad del paciente. También es consecuencia de cómo organizamos nuestras ciudades, nuestros trabajos, nuestros colegios, nuestra alimentación y nuestras prioridades sanitarias.
Medirse la presión puede salvar una vida. Controlarla puede evitar un infarto, un accidente cerebrovascular o una enfermedad renal. Pero prevenirla exige algo más ambicioso: construir una sociedad que no normalice los factores que enferman.
No basta con celebrar el Día Mundial de la Hipertensión. Hay que transformar los entornos que elevan la presión de las personas y de los sistemas de salud.