13 de mayo de 2026 12:07
  • Camilo García de la Barra, médico cirujano, académico en educación médica, innovación curricular, simulación e inteligencia artificial aplicada a la formación en salud. CEO de SaludTech Academy

La discusión instalada en Chile sobre la duración de las carreras universitarias es necesaria, pero no puede quedar reducida a una cuestión de semestres: una carrera no se acorta seriamente eliminando asignaturas, comprimiendo contenidos o ajustando una malla en una planilla. Una carrera se transforma cuando se rediseña desde su propósito formativo, su perfil de egreso, sus competencias, su arquitectura curricular y sus mecanismos de evaluación.

Esta distinción es especialmente relevante en Medicina. Formar médicos no es simplemente transmitir información biomédica durante una cantidad determinada de años. Es formar juicio clínico, responsabilidad ética, pensamiento crítico, capacidad de comunicación, trabajo en equipo, comprensión del territorio, manejo de incertidumbre y aprendizaje permanente. Por eso, hablar de una carrera de Medicina de seis años no puede entenderse como un ejercicio de reducción, sino como una innovación curricular profunda.

Desde la experiencia de haber participado en procesos de rediseño curricular en carreras de Medicina en universidades chilenas, tomando como referencia modelos europeos y estándares internacionales, puedo afirmar que el objetivo serio nunca fue “acortar la carrera” como fin en sí mismo. La disminución de duración fue más bien una consecuencia de una integración curricular real: integración horizontal entre asignaturas del mismo nivel, integración vertical entre ciencias básicas, clínicas y formación profesional, experiencia clínica desde los primeros años, ética incorporada durante toda la carrera y no confinada a un solo ramo, y evaluación progresiva de competencias.

En un currículo moderno, el estudiante no espera varios años para encontrarse con el paciente, con el territorio o con los dilemas éticos de la profesión. Desde etapas tempranas debe comprender que la medicina no es solo conocimiento científico aplicado, sino una práctica humana, situada, deliberativa y responsable. La clínica temprana no significa adelantar contenidos de manera superficial; significa dar sentido al aprendizaje desde el inicio.

Lo mismo ocurre con la ética. En Medicina, la ética no puede ser un curso aislado que se aprueba y se deja atrás. Debe atravesar la toma de decisiones clínicas, la relación médico-paciente, el uso de tecnologías, la investigación, la confidencialidad, la justicia sanitaria y la responsabilidad profesional. Una malla integrada no agrega ética como adorno; la convierte en columna vertebral de la identidad médica.

Hoy, además, aparece un desafío nuevo: la inteligencia artificial. Los estudiantes que ingresan actualmente a Medicina egresarán a un sistema de salud donde la IA será parte habitual de los equipos clínicos, de los procesos diagnósticos, de la gestión sanitaria, de la simulación, de la educación continua y del apoyo a la toma de decisiones. Por lo tanto, no basta con enseñarles a usar herramientas digitales. Hay que formar médicos capaces de interactuar críticamente con ellas.

Esto implica alfabetización en inteligencia artificial desde los primeros años, uso progresivo de IA en simulación clínica, desarrollo de pensamiento crítico frente a recomendaciones algorítmicas, entrenamiento en sesgos de automatización, trazabilidad del razonamiento clínico y evaluación de la interacción humano–IA. El futuro médico no deberá competir con la inteligencia artificial, sino aprender a supervisarla, contextualizarla, corregirla y responder éticamente por las decisiones que toma con su apoyo.

Aquí está uno de los puntos más relevantes que el debate nacional aún no aborda con suficiente profundidad. La pregunta no es solo si una carrera puede durar menos. La pregunta es si estamos formando profesionales capaces de actuar en un mundo donde el conocimiento cambia aceleradamente y donde las tecnologías cognitivas formarán parte del trabajo cotidiano. Una carrera más corta, si es solo más liviana, será un error. Pero una carrera más integrada, más clínica, más ética, más evaluable y más conectada con la inteligencia artificial puede ser una respuesta seria a las necesidades del país.

Chile necesita médicos con arraigo local y horizonte global. Médicos capaces de responder a las necesidades sanitarias de nuestro territorio, pero también preparados para la movilidad académica, la colaboración internacional y el enfrentamiento de problemas nuevos en salud. Por eso, la internacionalización curricular no debe ser un lujo, sino parte del diseño. Los créditos, las competencias, las trayectorias formativas y los estándares de egreso deben dialogar con el mundo, sin perder pertinencia nacional.

El riesgo del debate actual es caer en una falsa oposición: quienes defienden carreras largas aparecerían como defensores de la calidad, y quienes proponen carreras más breves aparecerían como defensores de la eficiencia. La realidad es más compleja. Hay carreras largas mal diseñadas, redundantes y fragmentadas. Y también puede haber carreras breves insuficientes, apresuradas y peligrosamente superficiales. La duración, por sí sola, no garantiza calidad.

Lo que garantiza calidad es la coherencia del proyecto formativo. En Medicina, eso significa perfil de egreso claro, integración curricular, campos clínicos suficientes, simulación de alta calidad, evaluación por competencias, seguimiento longitudinal del estudiante, formación ética transversal, razonamiento clínico progresivo, investigación, salud pública, trabajo interprofesional y preparación para una práctica médica aumentada por tecnología.

Por eso, más que discutir si las carreras deben durar seis o siete años, Chile debiera discutir qué médico necesita formar. Un médico para memorizar contenidos que pronto cambiarán, o un médico capaz de aprender toda la vida. Un médico dependiente de algoritmos, o un médico capaz de interrogarlos críticamente. Un médico encerrado en disciplinas fragmentadas, o un médico formado desde la integración del conocimiento, la clínica, la ética y la comunidad.

Acortar Medicina no puede ser una consigna. Tampoco debe ser una imposición administrativa. Pero negar la posibilidad de una Medicina de seis años bien diseñada sería desconocer la experiencia internacional y las innovaciones curriculares que ya han demostrado que es posible formar de otra manera.

La clave no está en reducir. Está en integrar.

No se trata de formar médicos en menos tiempo. Se trata de formar mejores médicos para el tiempo que viene.

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *