- Hugo Alcayaga Brisso, periodista
Si la candidata Jeannette Jara y el conglomerado político que la apoyó en el balotaje presidencial hubieran asumido que la desigualdad socioeconómica es el más angustiante problema de la población sin recursos, hoy millones de pobres y menos pobres no estarían lamentando esta crónica de una muerte anunciada que es también la interrupción del sistema democrático (aun con todas sus limitaciones) y la vuelta de la extrema derecha pinochetista a La Moneda.
Mientras la democracia vive su duelo y a la espera de una autocrítica a fondo, salta a la vista que la candidatura oficialista fue mal conducida, no estuvo basada en las desigualdades, fueron excluidos importantes sectores populares y desde el ámbito retardatario no se quisieron ver ni escuchar las necesidades de la calle.
Jeannette optó por cargar con el pesado lastre de la fracasada y desaparecida Concertación hoy con otro nombre y alejad de la realidad que desde fines del siglo pasado desconoció los cambios estructurales demandados por el pueblo y prefirió mantener y consolidar todo lo que venía de la dictadura, como la Constitución militar, el modelo neoliberal y el sistema mercantil, prolongando la miseria generalizada durante los 17 años del interminable terrorismo de estado.
Dejar todo en manos de un comando conservador fue un error impresentable. Ese comando de “centro izquierda” lo encabezó un señor Escobar, presidente de los empresarios portuarios de Valparaíso y lo integraron verdaderas piezas de museo como Vidal, Solari, Ominami y Bittar, que nunca le ganaron nada a nadie. El primero de ellos, considerado el personaje más apitutado del país, había hecho cálculos absolutamente antagónicos con los fríos hechos.
En contraposición la Izquierda que propone cambios reales y los pujantes movimientos sociales que representan a la calle y sus urgencias fueron excluidos y desplazados de la campaña luego de las primarias de mediados de año. Se les cerraron las puertas y no tuvieron participación alguna en la elaboración del programa gubernamental que quedó débil, sin fuerzas para hacer frente a las viejas estructuras dictatoriales y sin introducir los cambios profundos que habrían entusiasmado al electorado.
Ello equivale a decir que en el programa “progresista” no estaba contemplado cambiar nada significativo. Los representantes de los partidos que hoy se llaman Socialismo Democrático solo buscan mantener lo que hay, que prolonga los privilegios de los mismos de siempre en desmedro de un pueblo que ha esperado por décadas, inútilmente.
Los resultados están a la vista: José Kast obtuvo 7 millones 251 mil votos equivalentes al 58,1% contra los 5 millones 215 mil de Jeannette Jara, con el 41,8%. Esa diferencia de 2 millones de sufragios no estaba considerada en ninguna parte, porque se anticipaba que las cifras serían mucho más estrechas.
La suerte estaba echada desde la primera vuelta, en noviembre pasado. En esa ocasión Jara ganó, pero con cifras precarias, sin alcanzar el resultado esperado, no logró igualar al menos la base de apoyo del actual presidente Boric y quedó muy por debajo de la suma de votos de las tres candidaturas levantadas por el fascismo.
Sin éxito Jeannette Jara intentó buscar en las candidaturas derrotadas lo mejor de sus propuestas e iniciativas con el fin de fortalecer su postulación. Quienes sufragaron por Parisi que obtuvo el 19,7% de la votación llevaron a cabo una consulta interna en que mayoritariamente se pronunciaron por el voto nulo o en blanco.
Ni la candidata ni los miembros de su comando se acordaron para nada del movimiento popular, que en lo que va corrido de este siglo ha desplegado memorables protestas callejeras protagonizadas por multitudes exigiendo una nueva Constitución y cambio del modelo neoliberal mercantilista, igualdad y dignidad. Los planteamientos del movimiento No más AFP y del estallido social no fueron incorporados sin embargo a la agenda “progresista”.
La carta oficialista y sus asesores tampoco consideraron que las imponentes marchas populares convocaron a millones de mujeres y hombres defraudados por este modelo que no los lleva a ninguna parte. En la actualidad ni los partidos ni las coaliciones tradicionales ni la casta política en general son capaces de reunir en una mínima parte las impresionantes muchedumbres que repletaron las calles con un profundo sentido social que dejaron sin habla a quienes interesadamente confundieron esas manifestaciones con vandalismo y delincuencia.
En las actuales circunstancias para los sectores democráticos es difícil ganar en Chile, donde – al igual que en otros países – se advierte una derechización debido a las presiones de los dueños del dinero, los bienes y los patrimonios. Este es un país desinformado en que no hay un solo medio de comunicación que no esté controlado por la oligarquía.
La concentración económica de una minoría determina sin contrapeso lo que ocurre en el país, amparado por el pinochetismo. Provoca la desigualdad que es el origen de la delincuencia y la inseguridad pública, lo que en definitiva incide fuertemente en las votaciones como las que recientemente se han efectuado en el país.
Hoy está de vuelta el oscurantismo de los tiempos del capitán general del genocidio, ahora como extrema derecha política y sus consecuencias comenzarán a producirse a contar del 11 de marzo del próximo año. En tanto se siguen escuchando las palabras de Jeannette Jara tras conocerse los resultados: “es en la derrota donde se aprende, no hay espacio para el desánimo porque la tarea continua”.